Hace poco estuve en el acto de proclamación de AD al candidato Juan P. Guanipa, para la Gobernación del Estado Zulia. Fase que se asume como parte del acuerdo de la MUD, luego de acontecidas las primarias internas.
El clima que se proyectaba era de mucho entusiasmo. Percibí un partido relajado, alejado de cualquier pesadumbre tras haber perdido la nominación de su candidata en dichas elecciones de la unidad opositora.
Pudiera decir que se alzaba e imponía, por sobre el hecho regional, un ánimo mayor: el crecimiento del partido; su regreso a la primera plana en la política nacional. Su resurgir tras aquella conmoción que, desde el año 1998, lo redujo al escarnio público y a ser, casi un pecado, definirse “adeco”.
En éste acto, “orgulloso de ser adeco” resultó la frase más voceada.
Al entrar, un tema con ritmo de tambor mirandino nos decía “vuelve a gobernar AD”. Mientras la animadora no dejaba de repetir, como una revelación irremediable “Ramos Allup…será presidente”.
En realidad, fue un acto emotivo. Con reales argumentos para que fuese así.
Particularmente, no comparto ese tipo de juego adelantado. Sin embargo, lo asumo y comprendo, como estrategia de la dirigencia de AD para estimular a su militancia; sobre todo, aquella que se mantuvo firme y soportó la estigmatización e incluso, la traición.
¿Vuelve a gobernar AD?
De algún modo ya lo hace; pero, imagino que, dentro de la cultura presidencialista dominante, el mensaje se dirige a tener gobernadores y presidente de la República.
De hecho, es una gran posibilidad. Tiene, además, Ramos Allup condiciones y méritos.
Un suceso que, de concretarse, sería la exacta objetivación del fracaso que condujo el llamado “proceso revolucionario” chavista. Algo así como el sello y la marca de acero, para la derrota del populismo izquierdista latinoamericano y el militarismo secular.
Ahora bien ¿Cómo y para qué vuelve a gobernar AD?
Siempre he pensado que el chavismo es la negación de la modernidad; una especie de depredador de civilidad y ciudadanía. Un regreso al siglo XIX, de montoneras con muchos recursos y relaciones internacionales mafiosas.
Acción Democrática es, en parte, responsable de esta distorsión. Ellos lo saben; pero ¿Sabrán asumirlo con humildad y sabiduría, para emprender la edificación de un país devastado, económica y socialmente…prácticamente, sin valores de cohesión como cuerpo?
¿Tendrá la capacidad de restaurarse en aquellos valores históricos que lo forjaron, para hacer país? Desarroparse del populismo clientelar y asumir las vertientes liberales necesarias.
Teodoro Petkoff dijo una vez que AD no supo defender su legado en la construcción democrática del país. Lo comparto.
Tiene AD, como ningún otro partido, los antecedentes para hacerlo. Falta que tenga la visión y el liderazgo.
Ningún partido, en este momento, puede alcanzar verdaderas victorias si, más allá de un proyecto de poder, no se propone un proyecto de país.
Un país que no cabe en un partido; menos, en una militancia. Comprender ese país fuera del partido es la diferencia. Entre éxito y fracaso, vida o muerte.
Los partidos son mediaciones de la sociedad, no la sociedad. Se ha dicho mucho y habrá que seguir acotándolo.
Una vieja bandera de lucha está siendo enarbolada en nuestro país. Viejos y jóvenes, hombres y mujeres en Venezuela claman democracia. En pleno siglo XXI ¿Quién lo hubiera pensado?
“Pan, tierra y trabajo”. Sustantivos propios de una oferta política, para una sociedad semifeudal, luego de libertad y democracia.
Ya es otro país. Son otros tiempos. Deberán ser otros partidos. Reinventarse entre lo histórico alimentador y lo nuevo que proyecta. Más ciudadanos que milicianos…mas país que patria…buenos gobiernos que revolución.
Periodista

