“DE LA CRISIS A LA ESPERANZA”
(Mi visión del reciente viaje a Venezuela)
El siguiente título no es de mi propia inspiración, sino de la reciente reunión del campamento de pastores bautistas venezolanos, celebrado en agosto pasado. Me imagino que con este lema se quiso plasmar las vivencias, hasta desesperantes, a las que son sometidas las familias de nuestra patria, pero también la ilusión de ver a una Venezuela nueva, próspera y posible para la presente y futura generación.
Así que aprovecho este título para dar mi propia versión de mi viaje a Venezuela, cuyo propósito fue arreglar algunos asuntos personales, pero sobre todo tener un encuentro con pastores y líderes dentro del programa que dirijo, “La Palabra Expuesta”, y en la oportunidad del lanzamiento del primer libro de mi primera cosecha, titulado: “El Camino sin Retorno”, basado en la carta a los Gálatas. Este encuentro realizado en mi pueblo natal de San Nicolás-Portuguesa se hizo bajo el lema: “El Legado Literario del Pastor”, cuyo fin fue el de motivar a nuevos escritores para hacer realidad lo que Dios nos va dando de su palabra. En toda esta experiencia vi mucha crisis, pero también vi mucha esperanza.
Para el venezolano de adentro y el de afuera, la palabra más usada, la más nombrada y con la que se identifica lo que está pasando en el país de tantas riquezas, es la palabra “crisis”. Y la verdad es que no se necesita ser un investigador o analista de oficio para descubrir desde al mismo momento que se cruza cualquier frontera que conecta a Venezuela, que allí hay una crisis que golpea el entorno familiar, social, económico, moral, inmigratorio y gubernamental. Por supuesto que esta crisis afecta hondamente a las familias más pobres, que son la mayoría ahora.
En el aspecto social la crisis se ve en el deterioro de las casas, las calles, los negocios y los servicios públicos. En la economía la crisis es más notoria al admitirse que tenemos la inflación más grande del mundo, y que cualquier salario que se tenga, incluyendo los aumentos, se hacen agua por los precios sumamente elevados que son puestos a capricho de cada expendedor. A esto se añade que el salario mínimo es de 40 mil bolívares, unos $2 por mes, de acuerdo con el llamado dólar paralelo. Esto evidencia una crisis de la que no tenemos memoria.
Y esta crisis llega a estados escandalosos cuando tenemos que hablar de lo moral, de lo inmigratorio y lo que se ve y se hace en los altos niveles del gobierno. Me tocó hacer una fila para retirar la prórroga de mi pasaporte, y tres familias que estaban cerca de mí, todas ellas estaban hablando de irse del país las próximas semanas. Lo que todos sabíamos era que el venezolano no inmigraba, en todo caso siempre fuimos un país “paradisiaco” donde le dimos la bienvenida a tantos extranjeros de todas partes del mundo. Hoy se habla de cuatro millones de venezolanos fuera y lo triste es que estas cifras siguen creciendo. Sí, mi apreciado lector, nuestro país está en crisis… pero va a la esperanza.
Quien esto escribe cree que de las tres joyas imperecederas como lo son el amor, la fe y la esperanza, esta última toma su fuente de las dos primeras. Porque la esperanza alimenta nuestra fe y hace que nuestro amor por alguien crezca hasta ver hecho realidad nuestros más caros e imposibles sueños.
La esperanza nos obliga a creer y a ver la aurora de un nuevo día donde lo que ahora vemos destruido, sumergido en una profunda crisis, lo veamos después mejor de lo que fue al principio; eso es lo que yo siento por Venezuela. Y mi esperanza por ella no pasa necesariamente por una solución política, aunque eso forme parte de las alternativas; mi esperanza sobre Venezuela radica en su gente… sí, en su gente que, a pesar de estar tan golpeadas, creen en esa mañana gloriosa. Que a pesar de sus días grises se levantan esperando aquel nuevo amanecer. Mi esperanza por Venezuela está en el venezolano que se reinventa en medio de las circunstancias, haciendo cosas de las que antes no tenía idea. Tengo esperanza en mi bella gente, quienes pueden reír a pesar de lo que sufren, estar alegres, aunque caminen en la desolación.
Tengo esperanza en sus ricas tierras que volverán a ser fructíferas. En sus exuberantes riquezas, que a pesar de haber sido saqueas y ultrajadas, allí yacen todavía, pues la nobleza de sus recursos aguarda para tener otra vez la Venezuela bella, productiva y generosa donde su gente ya no tenga que irse porque ella le de sus frutos que ahora le ha negado. Sí, tengo esperanza en esas tierras que algún día volverán a ser cultivadas y la abundancia de sus granos rebosarán para satisfacción de todos. Aguardo esa esperanza.
Pero, sobre todo, mi esperanza la vi en la obra de Dios a través de sus siervos los pastores y sus iglesias. Sí, allí vi mucha esperanza, pues contemplar a esos amados dedicados, con sus iglesias entusiasmadas y trabajando por el Señor, que, a pesar de la escasez de recursos, tener que viajar de tan lejos para estar en las conferencias y venir con su ánimo en alto, es un verdadero desafío para creer en la Venezuela posible. De esta manera puedo concluir que la esperanza para mi país es real porque mi Dios está obrando y en medio de la crisis veo a la gente buscándole, las iglesias dispuestas a seguir adelante, apostando por la Venezuela nueva. Sí, creo en esa Venezuela gobernada por Dios.
Es cierto, pues, que hay una crisis en Venezuela. Pero también es cierto que hay razones para tener una gran esperanza. Otros países se levantaron de condiciones peores que la nuestra. Muchos llegaron hasta las cenizas y desde allí comenzaron, y hoy día son países prósperos que apostaron a su gente, su creatividad y su potencialidad.
Que, si bien es cierto que ahora estamos viviendo una crisis, hagamos de la esperanza el asunto que nos sostenga y en la medida de nuestras posibilidades, los que estamos ahora fuera, hagamos la parte que nos corresponde hasta ver a esa Venezuela soñada.
Yo le apuesto a esa Venezuela que viene pronto al salir “de la crisis a la esperanza”.
Pastor Julio Ruiz