Antonio José Monagas
Hoy día, el venezolano no es el mismo individuo apacible, amable y bonachón de hace algunos años. La dinámica de vida que viene dándose en el país, lo ha llevado a comportarse de forma diferente. Los desvelos y revuelos del agitado y convulsionado presente, originados en el rabioso trajín de una política emprendida a empellones, lo enfermaron. Su enfermedad no es orgánica. Pero si afecta su hospitalidad y solidaridad pues los aires que se respiran en el país, son obscuros, desquiciantes y degenerativos fundamentalmente en lo moral, ético y cultural. Asimismo, en lo político, lo económico y en lo social.
El país cuenta hoy con habitantes enfermos de miedo de la política, de la inseguridad, de la violencia, tanto como del desamparo, de quien tiene a su lado en la calle, o de quien ronda la cuadra o la casa. Uniformado o citadino con aires de policía maluco, el miedo que genera su presencia, es igual. Todo esto constituye un grave cuadro de patología social en la convivencia de los venezolanos que, inevitablemente, ha conducido a un drástico cambio en sus costumbres y tradiciones.
Por otra parte, se vive el problema creado por el hambre lo que, a muchos venezolanos, los vuelve resignados o aduladores. Esta realidad, está progresando a medida que viene -con perversa deliberación- marcando la gente en sus sentimientos y frustradas expectativas de vida.
En este sentido, es posible advertir en la conducta del venezolano manifestaciones de rabia, de tristeza, rechazo, desespero, desesperanza, y de temor por las cuales se han visto trastocada emociones. Pero particularmente, valores ciudadanos que, sin duda, afectan la intimidad en su más profunda esencia. Tanto es el grado de tan cruda situación, que las libertades se perdieron en el entramado de un socialismo que condena y asesina antes que pueda argüir alguna justificación en pos de reivindicar la vida misma.
Asimismo, todo esto hizo que la vivienda se convirtiera en prisión por causa del enrejado que ahora la caracteriza. Los estudiantes dejaran de utilizar parques y plazas para repasar en fecha de exámenes. Sobre todo, cuando la universidad se ve asediada por el temor de ser intervenida por hordas de milicianos o colectivos armados con aires de sargentones, comandantones. O investidos de un insolente autoritarismo. No hay duda, las realidades mutaron a horribles formas.
La universidad se trasladó a la calle. Pero no por falta de aulas, sino por falta de libertad. Hasta la luna y las estrellas parecieran haberse contagiado de dicha enfermedad por cuanto poco se han vuelto a ver en el cielo rozando con el horizonte. El miedo hizo de la noche su más inmediato objetivo y cómplice para llevar adelante un traicionero acecho. Y la resignación o la adulación, sus mayores cómplices.
Pareciera que todo conspirara contra la posibilidad de revertir la situación puesto que todo tiende a enquistarse por culpa de ese miedo, esa resignación y absurda adulación que colapsa cualquier movimiento de vida normal. Es como si el país sufriera de una neurosis que la mantiene atrapada y paralizada por tan nefastos efectos que dan lugar a los más horribles crímenes y asesinatos jamás perpetrados. Sin duda, esto se traduce en una convivencia complicada, apesadumbrada, urgente y fugaz que deforma todo propósito de vivir a Venezuela como se supone que pudiera ser. O acaso que por causa de tan aberrantes males, los venezolanos se hallan ahora ¿sometidos y resignados?
