Días antes del 24 de Septiembre, cuando el pueblo de Puerto Cabruta (Guárico) se preparaba para celebrar las fiestas en honor a su SANTA PATRONA La Virgen de Las Mercedes, un convoy de cuatro camionetas con vidrios polarizados levantó polvo y recorrió a toda marcha las orillas del caudaloso río Orinoco que corta en sur y norte dos Municipios fronterizos: Caicara del Orinoco capital del Municipio Cedeño, estado Bolívar, y Puerto Cabruta Municipio de las Mercedes del Llano Guárico, ambos puertas de la mágica Guayana.
“Cabruta se considera la “puerta del Sur” en la faja bituminosa del Orinoco y Caicara del Orinoco, está situada en la otra orilla del río.”
Las camionetas enfilaron hasta detenerse frente al pequeño ferry municipal que separa a Cabruta en dos caminos, uno a cada lado del río: uno en el norte, lleno de soledad y fincas con poca energía eléctrica a lo largo de 20 kilómetros, y el otro, en el sur, con la bulla de cantinas en la ribera arenosa y la actividad cotidiana de este caluroso municipio que colinda con el gigantesco y selvático estado Bolívar.
Los gallos con sus cantos adelantan el amanecer. Aún no son las seis y ya hay una gran cola de camiones en el puerto, animando la mañana. Los ferrys salen cada dos horas. En realidad los llamados ferrys son chalanas que cargan toda clase de vehículos. La cola irá desapareciendo en dos o tres viajes. Entre los vehículos hay enormes gandolas.
La chalana es empujada por un remolcador. Desde Cabruta hasta Caicara del Orinoco, demoran cincuenta minutos. De regreso —río arriba— tardan entre hora y cuarto a hora y media.
El río Orinoco desde la altura tiene un color plomizo. Ya navegando, entre las olas, se descubre su auténtico color de barro, de piel de indígena.
En esa encrucijada, a plena luz del día, hombres armados y mal encarados se apearon de los vehículos, caminaron en dirección del ferry, hicieron amenazas, tomaron como suya la gabarra, su embarcación remolque y a sus empleados, encaramaron el convoy de cuatro camionetas y atravesaron el río mediante intimidaciones y el uso de la fuerza.
Al cabo de varios minutos bajaron del ferry y desaparecieron en el otro lado de la carretera. Se dirigieron hacia el norte y avanzaron presurosos, levantando polvo, desbocados.
–Desaparecieron y muchos en el pueblo suspiraron con alivio– dice Palencia, un lanchero que vive de transportar lo que sea, de ida y vuelta, unas tres veces diarias en el río.
Nadie en Cabruta, volvería a tener indicios del paradero de aquellos pistoleros sino hasta seis días después de la celebración del día de la Patrona de las Mercedes. Una corazonada, un sentimiento que todavía deja inquietos a varios en el pueblo: –Seguramente fueron ellos. Nosotros los vimos pasar unos días antes. No sabíamos que harían esa barbaridad– dice Palencia y arquea las cejas, dibuja con sus dedos una cruz en su pecho y abre bien los ojos mientras besa su mano derecha. Su sospecha consiste en que quizás esa macabra caravana que llegó al ferry aquella mañana fue la encargada de asesinar a Ocho personas, hecho ocurrido en la madrugada, dentro de una casa del urbanismo General Manuel Cedeño, conocido como Cumoto, del sector El Hueco, en el municipio Cedeño.
“Consternación, rabia y dolor expresaron los pobladores, asegurando que se trata del crimen con más número de víctimas que recuerden en esa jurisdicción.”
Pocos saben de la noticia y ni siquiera las autoridades hablaron del asunto.
Un hecho atribuido a los “sicarios” el brazo armado formado por elementos irregulares que desde el 2006 empezó a operar ligados a los Carteles de la droga.
–Los sicarios– dice Palencia –pasaron y pasan por este lugar. No hay de otra, no hay otro paso en realidad.
Un paso, un territorio, que no únicamente es exclusivo para narcotraficantes. CLARO QUE NO…!!! Hay más actores en este escenario que interactúan. Calculan sus movimientos. Suelen estar pendientes los unos de los otros aunque intentan, en la medida de lo posible, no tocarse. Y si se rozan, el saldo, como en la masacre de los 8 moradores, suele afectar el equilibrio y la configuración de todo este vasto territorio. Es algo que está (y ha venido) pasando.
Hay narcotraficantes violentos, que han sido los últimos en llegar. Pero aquí, los primeros dueños de este territorio, finqueros y ganaderos, llegaron hace más de 70 años; luego de las expropiaciones llegaron los militares y guerrilleros y con ellos los
narcotraficantes que aparecieron (como parte de los propietarios) hace poco más de una década. Hay –ha habido– reacomodos, pugnas, roles asumidos y disputas de poder en espacios donde las rivalidades de estos grupos suelen tener todavía pendientes, deudas por saldar y discusiones por el control de sus espacios. Por todos estos grupos, Cabruta y Caicara –han sido– campos de batalla donde los muertos quedan sobre la tierra, sobre la superficie de las propiedades.
Todo el mundo desplaza a todo el mundo. Estás en medio del río, en el ferry. Todo se mueve y todo cruje. A los costados observas las dos carreteras cada una en orillas opuestas. Piensas en todo lo que te han dicho que se ha podido transportar a lo largo de las décadas por aquí, desde alimentos, ganado, cultivos, petróleo, hierro, madera, piezas arqueológicas y contrabando. Te han contado que en las últimas dos décadas, mucho es lo que ha cambiado, en cuanto lo que se transporta; se han visto camionetas negras polarizadas de modelos recientes, y en años más cercanos a la fecha en que atraviesas el río, han primado los camiones cargados con combustibles y drogas, el nuevo monocultivo de toda la zona. También te han dicho que has llegado tarde para ser testigo de varios puntos importantes en la historia agraria de Guárico y Bolívar, en relación a la distribución de la tierra, y te han advertido que debes intuir que ante tus ojos hay un nuevo momento de inflexión. A tu alrededor todo se está reconfigurando. En sus orillas hay soledades del génesis. El Orinoco es la vena de un mundo utópico.
Hay movimiento. Todo el mundo está desplazando a todo el mundo.
Civiles o con indumentarias de color negro y armas a la vista de todos, grupos irregulares infunden miedo a la población y actúan bajo su propio sistema de justicia.
“Hoy todo lo controlan. Se encargan de comprar armas, de comercializar de forma ilegal, desde pasar un carro hasta pasar una aguja. Son quienes se dedican a cobrar vacunas y a extorsionar”. Se dedican a robar fincas, controlar las trochas, controlan el transporte fluvial y se enfrentan para tomar el poder de los territorios fronterizos que presentan mayor actividad económica. A cualquier hora del día colocan alcabalas y extorsionan a todos bajo la indiferencia de los militares de la Armada Fluvial del Orinoco, …
“Un militar venezolano no sabe si disparar, mirar para otro lado o aceptar el paso abiertamente de los grupos irregulares. Allí no hay tiempo de pensar, son segundos para accionar.”
