La delicada situación de contagió al que nos enfrentamos en estos tiempos de pandemia implica que nuestras casas se han transformado, en salones de clase, oficinas y salas de juntas por vídeos conferencias. Las mesas donde solíamos sentarnos en familia para compartir los alimentos del desayuno, almuerzo y cena, albergan ahora computadores, libros, blocs de notas, útiles escolares, y lapiceros. Hemos modificado los espacios de modo que podamos retomar las actividades laborales en nuestras nuevas sedes y hasta hemos perdido la noción de los días de la semana, a veces nos parece un martes a un domingo y ya no llevamos cuenta de los feriados no laborables.

Una pantalla de computador posibilita el acceso al mundo exterior, pues en muchos hogares se apagó el entretenimiento televisivo al cerrar operaciones Directv Latinoamérica en Venezuela y las ventanas traen vientos de fuera que refrescan las dinámicas de las familias que ahora conviven sin salir de casa.

Pero, aunque estemos encerrados aquellos que nuestra actividad económica es el transporte colectivo extraurbano, el sonido nos llega como testimonio de que afuera, la vida sigue su curso. Desde la ventana nos llega el sonido de de un carro que pasa por avenida o calle, una tos lejana, el silbido de la olla pitadora de la vecina y el helicóptero de la policía que sobrevuela la ciudad. Añoramos salir, retomar la calle, pero nos restan semanas de confinamiento.

Los científicos se preguntan ¿Cuál es el sonido del virus?, y yo al igual que miles de empleados de las empresas de transporte colectivo extraurbano también nos preguntamos: ¿a qué suena la vida en tiempos de pandemia, cuando tenemos el estómago vacío y nos sentimos olvidados por las autoridades y organismos competentes nacionales e internacionales?

Muchos de estos trabajadores han tenido ansiedad. La ansiedad ha sido tan grave que incluso los ha llevado hasta consultas médicas por no poder sobrevivir con tanta ansiedad. Se trata de una situación muy humana. Como bien digo: todos, absolutamente todos, hemos sido tocados por esta nueva vida, aunque todos hemos reaccionado de diferente manera.

¿Qué pasará de aquí a mañana? ¿O al otro mes o al otro año? Nadie tiene la respuesta, pero todos la buscamos desesperadamente. Incluso se llega a exigir a las autoridades una respuesta que asegure o que confirme la fecha en la que se volverá a la normalidad, en la que está masa laboral que hoy se encuentran de brazos caídos en sus hogares y que por más de 50 años vienen ejerciendo la actividad del transporte de pasajeros extraurbano vuelvan a sus sitios de trabajó donde honradamente sustentan con el día a día a sus familias y esto es imposible, nadie puede saberlo, es la realidad.

Todos vamos a cambiar nuestra conducta personal, social y económica.
Aceptar que no hay respuesta absoluta a todas nuestras preguntas es una dura realidad que lleva a esta masa laboral a padecer de ansiedad y desesperanza.

Pido de manera respetuosa a las autoridades competentes nacionales un programa urgente especial, para atender este sector del transporte colectivo extraurbano que lleva paralizado desde el mes de marzo y ha sido respetuoso de las medidas implementadas por el estado Venezolano según recomendaciones de OMS.

A pesar que mi profesión en Derechos Humanos sigo siendo transportista desde más de 35 años, y también he sido afectado como muchos empresarios de muchas actividades económicas, pero doy gracias a Dios por el don de la vida, de que vivimos en una era donde existen los más extraordinarios medios de comunicación. Por eso podemos acercarnos a la familia o a quien queremos, sin presión, sin obligación.

Les envío a cada uno de ustedes un gran abrazo lleno de paciencia y de mucha buena energía y actitud frente a esta nueva vida que nadie de nosotros habría imaginado.


Dr. Luis Augusto Domingos Dos Santos
Defensor de los Derechos Humanos
Fundación Cerro Bolívar