Rafael llegó a Ipiales, una pequeña ciudad andina en el oeste de Colombia, cerca de la frontera con Ecuador, con la ropa sucia, sudado y sin un centavo en el bolsillo.

Huyeron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque no eran felices sino desdichados, porque se sentían miserables, o porque se sentían sin un futuro. Cada uno de ellos tenía una razón diferente. Abandonaban tierras, trabajos sin paga o ciudades violentas; huían para encontrar algo, dejar algo o conseguir algo; para desenterrar algo, enterrar algo o alejarse de algo. Huían con sueños ridículos, con sueños nobles o sin sueños. La mano de la injusticia y la impunidad les empujaba a lo incierto. Y uno tras otro se lanzaron a La desventura. Al principio sólo unos pocos, unas docenas, porque casi todos se sentían enfermos aun antes de salir, luego por millares iban recogiendo los pasos de quienes fueron los primeros.

No era raro, por lo tanto, que los primeros fueran pocos. Crecieron y crecieron en número hasta superar a los que ya se encontraban aún más lejos, cruzando fronteras. Los números eran tan impredecibles como su futuro.

Pero los primeros solitarios no tuvieron consuelo, simplemente abrieron caminos….

Cuando el sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena frugal y escuchó el crepitar de las llamas mientras se llevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo. Había sido un día no muy distinto de otros treinta. Kilómetros sin descanso iniciados en las primeras horas del alba. La mirada perdida a un lado del camino, divisando a un campesino en su rutina diaria con semillas en las manos cultivando la tierra, semillas echadas en los hoyos, y agua traída de las brillantes acequias.
Ahora, el caminante con un cansancio de hierro en el cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo pasaba de una oscuridad a otra.

Se llamaba Rafael, tenía treinta y un años, habia nacido en el llano, y con nostalgia soñaba con el pasto verde de los esteros, con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, con el olor a Mastranto llanero.
De un rincón de su memoria llegaba la visión de los árboles aquellos que refrescaban los pueblos abrasados por el verano, los árboles que pararían los vientos del invierno.
Rafael meditaba en silencio: Un árbol podía hacer muchas cosas: dar color, dar sombra, fruta, o convertirse en paraíso para los niños; un universo aéreo donde trepar, con la soga y el caucho colgar columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero los árboles, ante todo, destilaban un aire para los pulmones y un gentil susurro para los oídos, cuando uno está acostado de noche en la contemplación de las estrellas con el sonido cercano de los grillos que te invitan dulcemente a dormir.

Rafael escuchaba cómo la tierra se recogía en sí misma, en espera del sol y las lluvias que aún no habían llegado. Acercaba la oreja al suelo y escuchaba a lo lejos las pisadas de los años e imaginaba los verdes brotes de las semillas de maíz y sorgo sembradas ese día; los brotes buscaban apoyo en el cielo, y echaban rama tras rama hasta que en hileras un huerto daría paso al pan de cada día.

En las primeras horas de la mañana, cuando el pálido sol se elevase débilmente entre las apretadas ondulaciones, Rafael se levantaría y en unos pocos minutos terminaría el desayuno improvisado aplastaría las cenizas de la hoguera y empezaría a caminar no sin antes levantar los viejos bolsos, que durante todo el viaje ha llevado a cuestas, por ser su único tesoro; rebuscando en su memoria el recuerdo lejano, de un hombre, cavando pequeños hoyos, sembrando semillas y bulbos, apisonando levemente la tierra arenosa, regando, cierra los ojos para espantar otra vez el recuerdo y sigue adelante, silbando, mirando el cielo claro cada vez más brillante a medida que pasaba la mañana, sus pies hinchados continúan en la misma rutina hasta caer la tarde.

—Necesitas aire sano y no el de aquí —se dijo para consolarse a orillas del fuego nocturno.

El fuego era un rubicundo y vivaz compañero que respondía con un chasquido, y en la noche helada dormía Rafael allí cerca al fuego, entornando los ojos, sonrosados, soñolientos y tibios.

—Todos necesitamos aire. Hay aire enrarecido allá en nuestra Venezuela azotada por una revolución interminable y sangrienta. Se cansa uno de tanto dolor de tanta miseria… Es como vivir en la nada. Uno aspira y no consigue nada. El trabajo es duro, pero la paga no alcanza, no satisface lo más elemental , tan solo es una mentira repetida tantas veces, para justificar el lucro de unos pocos.

—Por eso estoy aquí —se dijo, intentando buscar nuevos caminos. El fuego le respondió con un chasquido—.
De niños nos contaban la historia de un país rico, plantado con semillas de maiz, con planicies llenas de ganado pastoreando… Con toda clase de árboles; araguaney, cedros y amapates. Recuerdo como mi vieja nos alimentaba el estómago con el maíz pilado, el queso y la leche fresca. Crecí y también los árboles, y mi vieja me decía, Rafael, cuando estos árboles crezcan algunos de estos años, ¡cuánto aire sano nos darán!…

Hacía treinta días que había comenzado a caminar y nunca había mirado atrás. Mirar atrás hubiera sido descorazonarse para siempre.
El tiempo era excesivamente seco, parecía poco probable que la lluvia se hiciera presente para refrescar un poco el camino. Quizá toda su caminata, esas cuatro semanas le había encorvado la espalda, por el peso, lo habían envejecido.
Clavaba los ojos adelante, avanzando poco a poco por el inmenso valle soleado, alejándose de otro pueblo o de otra ciudad, aguardando la llegada de las lluvias, para refrescar su anhelo en llegar quién sabe a dónde.

Mientras se cubría los hombros con la manta, vio que las nubes se acumulaban sobre la tierra reseca. Todo en su largo camino era tan imprevisible como el curso del tiempo. Sintió alrededor las calcinadas llanuras, que el frio de la noche iba empapando, y pensó en su llano, en sus tierras que un día fueron aptas para cultivar tomates.

El fuego tembló sobre las cenizas somnolientas. El distante rodar de una gandola estremeció el aire tranquilo. Un trueno. Y en seguida un olor a agua.

«Esta noche —pensó—. Y extendió la mano para sentir la lluvia. Esta noche. Y rezó al Dios padre.

Lo despertó un golpe muy leve en la frente.

El agua le corrió por la nariz hasta los labios. Una gota le cayó en un ojo, nublándolo. Otra le estalló en la barbilla.

La lluvia…!!! Llegó…

Fresca, dulce y tranquila, caía desde lo alto del cielo como un elixir mágico que sabía a encantamientos, estrellas y aire…, arrastraba un polvo de arena y se le movía en la boca, su lengua intentaba escupirla, para no ahogarse aún más…

Se incorporó. Dejó caer la manta y la franela azul. La lluvia arreciaba en gotas más sólidas. Caía la lluvia. La gran tapa negra del cielo se dividió en seis trozos de azul pulverizado, como un agrietado y maravilloso esmalte y se precipitó a tierra. Diez billones de gotas en forma de diamantes titubearon un momento y la descarga eléctrica se adelantó a fotografiarlos en la oscura noche. Luego oscuridad y agua.

Mojado hasta los huesos, Rafael se reía y se reía mientras el agua le golpeaba los párpados. Aplaudió, y se incorporó, y decidió seguir camino sin percatarse que al llegar el nuevo día, su osadía le traería un mal presagio.

Ya era la una de la mañana.

Llovió sin cesar durante dos horas. Luego aparecieron las estrellas, recién lavadas y más brillantes que nunca.

Rafael sacó una muda de ropa de una bolsa de celofán, se cambió, y se durmió con una sonrisa en los labios.

El sol asomó lentamente entre las colinas. Se extendió pacíficamente sobre la tierra y lo despertó.

No se levantó en seguida. Había esperado ese momento durante todo un interminable y caluroso mes de caminar, y ahora al fin se incorporó y miró hacia atrás.

Era una mañana verde.

Los árboles se erguían contra el cielo, uno tras otro, hasta el horizonte. No un árbol, ni dos, ni una docena, sino todos los que habían sido plantados en semillas y retoños. Y no árboles pequeños, no, ni brotes tiernos, sino árboles grandes, enormes


y altos como diez hombres, verdes y verdes, vigorosos y macizos, árboles de resplandecientes hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados sobre la llanura, limoneros, pinos, robles, olmos, álamos, naranjos, eucaliptos, estimulados por la lluvia tumultuosa, alimentados por el suelo mágico y extraño, árboles que ante sus propios ojos echaban nuevas ramas, nuevos brotes.

—¡Imposible! —exclamó.

Pero el valle y la mañana eran verdes.

¿Y el aire?

De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el aire nuevo, el oxígeno que brotaba de los árboles.

Rafael, aspiró profundamente una bocanada de aire verde y húmedo, sintió la malignidad febril y se desmayó.

En un delirio febril, antes de despertar de nuevo, alusino con miles de árboles que habían subido hacia el sol amarillo, y nuevamente se desmayó.

Cuando despertó se recocijo al ver pasar a sus antiguos compañeros de camino y a su hermana, todos se hallaban junto a él.

—Debemos seguir —dijo su amigo Juan, con voz temblorosa aún nos falta mucho para llegar a la frontera.

Ninguno de los demás habló o se movió sino que permanecieron junto a la orilla del río, sobrecogidos de temor. No había razón alguna para sentir tal pavor y, en parte, era tan terrorífico porque era ilógico. El miedo penetraba en ellos desde la tierra, ascendiendo por sus piernas , diluyendo sus intestinos, chupando la fuerza de sus corazones y músculos, devorando sus mentes.

¿Miedo a qué? ¡Allí no había nada, nada! Nada atemorizante y, sin embargo, estaban más aterrorizados que nunca.

Desesperado, Rafael se precipitó hacia la otra orilla tras el Juan le seguía, pero al llegar las fuerzas nuevamente le fallaron. Se hallaba demasiado exhausto para moverse. Tiritando de la fiebre que le consumía, cayó de rodillas y después se tiró de bruces arañando el suelo con las manos.

—¡Juan! —gritó desgarradamente. Estás bien Rafael…

Pero Juan, no podía ayudarle. Lo último que Rafael pudo ver fue cómo su bastón improvisado, caía lentamente hacia el suelo, despacio, cada vez más despacio, cuando la flácida y aparentemente inerte mano de Juan lo soltó.

Árboles. Los maravillosos y a la vez terrorificos árboles de La Sierra andina, desaparecidos hacia siglos por la mano del hombre habían vuelto en forma de portentosas y hechizantes arboledas, ahora se volvían contra el hombre, tornandose auténticamente terroríficos. Una perniciosa luz se filtraba entre las temblorosas hojas.

Rafael los contempló atemorizado. A lo largo de su vida había visto imágenes terribles y extrañas, pero nada comparable a aquello. «Puede que acabe por volverme loco», pensó. Miró frenéticamente hacia uno y otro lado, pero no había forma de escapar; -era el delirio febril, que brotaba desde sus pulmones, donde ya se incuba la neumonía-
Estaba completamente rodeado de aquellos árboles, horriblemente alterados.

El alma de cada uno de ellos parecía tormentosamente atrapada, prisionera en el interior del tronco. Sus retorcidas ramas eran las extremidades de su espíritu, contorsionándose en agonía. Las raíces se agarraban al suelo intentando inútilmente escapar. La savia manaba de inmensas incisiones en sus troncos. Los crujidos de las hojas eran desgarradores gritos de miedo y dolor. Los árboles de La Sierra andina rezumaban sangre.

Rafael no tenía idea de dónde estaba, ni de cuánto tiempo restaba para nuevamente ver algún poblado. Recordó haber comenzado a andar hacia el puente, el cual podía divisar elevando la mirada sobre la última colina. Había caminado y caminado, y nada lo había detenido. Después, había oído a su amigo Carlos gritar como un pequeño animal que está siendo torturado. Al volverse lo había visto señalando hacia los árboles. Rafael lo observó con horror y, de pronto, se dio cuenta de que en realidad ya no estaba allí ya que había sido capturado por unos hombres armados vestidos de verde camuflado llamados guerrilleros. También estaba Luis su primo, con el rostro ceniciento de temor, su hermana Fátima, sollozando desesperada, y el pequeño Pedro, quien contemplaba la escena con los ojos desmesuradamente abiertos.

Rafael abrazó a su hermana; sus brazos ciñeron carne y sangre, pero aún y así, él sabía que ella no estaba allí, y saberlo era terrible.

-Tengo nuevas que comunicaros -dijo el coyote, -y el tiempo del que dispongo es limitado. Debemos atravesar este bosque hasta llegar a la frontera. Avanzaremos por el camino de los muertos, pues en él se nos aparecerán los de la guerrilla dispuestas a detenernos, todas las terribles criaturas concebidas en los retorcidos y torturados sueños de los mortales. Pero entender bien esto, caminamos en un sueño, en la pesadilla de La Sierra andina y también en nuestra propia pesadilla.

Pueden surgir visiones del futuro que nos ayuden… o nos detengan. Recordar que, aunque nuestros cuerpos estén despiertos, nuestras mentes están dormidas. La muerte existe únicamente en nuestras mentes… a menos que creamos otra cosa
—¿Entonces por qué no podemos despertar? —preguntó Rafael con furia.

—Porque La Sierra andina cree firmemente en este sueño, mientras tú crees en él muy débilmente. Cuando estés profundamente convencido de que esto es un sueño, cuando no guardes duda alguna, regresarás a la realidad.
—Si esto es así, y tú estás convencido de que es un sueño, ¿por qué no despiertas?
—Tal vez prefiero no hacerlo.
—¡No lo comprendo!
—Lo comprenderás —predijo siniestramente el coyote—, o morirás. En cuyo caso, ya no tendrá importancia.

Llegaron a un negro portón de una abandonada construcción. Penetraron hacia el interior del húmedo vestíbulo que ahora estaba completamente cubierto de moho. De las paredes que aún se mantenían en pie colgaban enrredaderas. Un ventanal sin cristales dejaban entrar una luz cárdena y fantasmal. El vestíbulo debía haber sido muy bello en tiempos pasados, pero ahora hasta las pinturas de la pared aparecían desfiguradas, mostrando terroríficas imágenes de la muerte. Poco a poco, a medida que iban avanzando, comenzaron a percibir una brillante luz verdosa que emanaba de una habitación que había al fondo del corredor.
Sintieron que de aquella luz glauca emanaba una malevolencia que golpeaba sus rostros con el calor de un sol desnaturalizado.
—El centro del mal —dijo Rafael.
Su corazón estaba lleno de miedo; miedo, pena y un ardiente deseo por sobrevivir. Echó a correr en dirección a la habitación, pero aquel aire tiznado de verde parecía ejercer sobre él una firme presión, frenándolo cada vez con mayor intensidad, hasta que dar un sólo paso supuso un inmenso esfuerzo.

Al principio no parecían adelantar en su camino en absoluto. Luego, se dieron cuenta de que, poco a poco, iban acercándose cada vez más a la estancia de la que emanaba la luz. Ahora su intenso brillo les dañaba los ojos. Se hallaban totalmente exhaustos, les dolían los músculos y les ardían los pulmones.

Rafael cayó al suelo y su mano aferró una tuerca que había allí. De pronto Rafael fue vivamente consciente del roce contra la palma de su mano: el metal era frío, y los bordes rugosos. Podía sentir en su carne el pinchazo de sus bordes.
Rafael cerró la mano, estrujando el anillo. El metal le pinchaba la carne, le pinchaba cada vez más. Sentía dolor… era realmente doloroso…
¡Estoy soñando!
Rafael abrió los ojos. La plateada luz de la Luna inundaba el lugubre lugar. Yacía sobre un frío suelo de mármol. Su mano estaba cerrada con fuerza, con tanta fuerza que el dolor lo había despertado. ¡El dolor! La tuerca… ¡El sueño! Al recordarlo, Rafael se incorporó aterrorizado y miró a su alrededor. Pero sólo había una persona en la sala. Juan se refirmó en la pared, tosiendo.
Rafael se puso en pie y caminó tembloroso hacia el umbral de lo que fuera una puerta. Al acercarse vio un hilo de sangre en sus labios. La sangre relucía roja bajo la luz de la Luna.
El sueño.
Rafael abrió la mano. Estaba vacía…
Entonces despertó agitado, encontrándose en la habitación del albergue, del refugio que le devolvió a la vida, que le brindó una nueva oportunidad.

Coromoto Díaz Simoza