La condición elemental e indispensable en todo empeño de armonía y en cualquier proyecto de concertación y planeamiento, es la intervención de las partes interesadas en la realización y en el disfrute de los resultados. Sin participación no puede haber armonía.
La importancia de la participación se pone de relieve a través de una larga serie de experiencias, evidencias y constancias de que todas las tentativas parciales y unilaterales sucumbieron, más tarde o más temprano, por falta de estabilidad y desequilibrio manifiestos.
El esfuerzo de una comunidad aislada, no puede sostenerse indefinidamente sin el concurso y colaboración de otras similares, ni al margen de los organismos oficiales y competentes en el ámbito local, regional o del Estado. Por otra parte, cualquier «misión» o plan centralizado y estatal para el desarrollo, se verá limitado en sus alcances, mermando en sus resultados o condenado al fracaso, si no ha tomado en cuenta a las comunidades organizadas como base de sustentación del mismo.
La base de la convivencia social está determinada por los principios de interdependencia individual y colectiva que, a su vez, establecen una interacción de esos mismos individuos o grupos que se influyen recíprocamente en su conducta. Es el tránsito de la interdependencia a la interacción el que, a lo largo de la historia, ha ido conformando las mutuas relaciones entre los ciudadanos y el Estado y los sucesivos conceptos sobre los respectivos deberes y atribuciones. Bajo las formas totalitarias de gobierno, los súbditos no tienen ninguna participación en las distintas funciones y decisiones públicas.
He allí la importancia que ahora tiene el derecho ciudadano de elegir -en vez de votar- a quienes nos representarán ante los diferentes entes de representación popular, los cuales ya no serán seleccionados por el color partidista, sino por el liderazgo y confianza que inspiren ante la colectividad, ya que serán ellos, en correspondencia con sus electores, quienes deberán cumplir satisfactoriamente con las expectativas de éstos.
La participación no puede ser establecida como una carga parcial, unilateral, ni siquiera sobre el supuesto de un eventual beneficio indirecto y ulterior, porque la larga experiencia del paternalismo «benemérito» ha generado la desconfianza popular como una actitud negativa y nada favorable para concertar el desarrollo. La Nueva sociedad policraticus de participación por instaurarse, requiere del talento, la tenacidad y la visión del nuevo liderazgo emergente en todos los sectores de la vida del país.
(Juan Eliécer Ramirez, Politólogo Sociólogo y Escritor)