Hacía ese calor espeso que solo conocen los cafés maracuchos donde el ventilador gira por costumbre y no por esperanza. En El Bohemio, la luz entraba oblicua por la ventana que quedaba a la espalda de Anacleto. No le iluminaba el rostro; lo recortaba. Yo estaba a su lado, como de costumbre, no frente a élY el grupo, cada uno con su café y su sospecha, aguardaba. El pichón de periodista fue el primero: «Anacleto… ¿es cierto que hay una Fuerza Conjunta de Estados Unidos operando en Venezuela? Lo dicen con seguridad. Lo escribe un auto nombrado “columnista opositor”, como revelación.» Anacleto no respondió de inmediato. Tomó su taza de café, bebió y luego miró el humo que salía de su cigarro, no a nosotros. «Hijo… el problema no es lo que dicen. El problema es cómo lo dicen.» Todos guardaron silencio. «Cuando alguien escribe “¡Revelación!” en mayúsculas, generalmente está compensando la falta de revelación.»

El coronel retirado carraspeó. «Pero el término “Fuerza Conjunta” existe.» «Claro que existe», respondió Anacleto. «Es lenguaje técnico militar. Lo usan para todo. Pero entre una estructura organizativa y un despliegue operativo hay un océano… y algunos quieren vender el océano en un vaso.» La profesora intervino, con un tono educativo frío: «Entonces, ¿no hay tropas estado-unidenses en Venezuela?» Anacleto sonrió apenas. «Si las hubiera, mi estimada profesora, no lo sabríamos por una publicación ambigua en una red social. Lo sabríamos por el estruendo diplomático que seguiría.» El viejo periodista con una sonrisa de satisfacción, murmuró: «El rumor es más rentable que la precisión. ¿O no?» Anacleto asintió. «Sí, camarita, porque el rumor no necesita prueba; necesita ansiedad.» El boticario levantó la vista: «Pero no es solo eso, Anacleto. Hablan de capturas inminentes, de figuras vigiladas, de embajadas donde duermen…» «Ah…», dijo Anacleto, «la geografía del misterio. Es el método del humo» Se acomodó en la silla y continuó «Cuando un texto está lleno de “me informan”, “al parecer”, “es posible inferir”, no estamos ante información: estamos ante literatura especulativa.» El pichón de periodista anotaba sin levantar la cabeza. «Escuchen esto bien: el rumor político tiene tres herramientas. Primera: la fuente invisible. Segunda: la pregunta insinuante. Tercera: el tiempo inminente.» Carmen levantó la ceja y preguntó: «¿Tiempo inminente?» «Sí… Ese “podría ocurrir en cualquier momento”, esa promesa de explosión que nunca llega, pero mantiene al lector respirando ansiedad.» Aclaró Anacleto. El coronel retirado sonrió: «Pura “Psicología operativa”.» «Exacto, camarita», dijo Anacleto.«El rumor no busca informar. Busca condicionar emociones.» La estudiante de sociología intervino: «Y la tesis de que el chavismo está desmontando al chavismo por orden de Estados Unidos… ¿qué hacemos con eso?» Anacleto entrelazó los dedos. «Esa es una hipótesis política, y se respeta como hipótesis. Pero es peligrosa cuando se presenta como hecho consumado.»

Miró al grupo. «No existe documento oficial, acuerdo firmado, declaración pública que se pueda verificar, que confirme un “plan maestro” de transición dirigido desde Washington.» El viejo periodista soltó una carcajada seca y añadió: «La política exterior de Estados Unidos hacia Venezuela ha sido zigzagueante.» «Exacto, camarita», respondió Anacleto.«Quien presenta una estrategia lineal y omnipotente está simplificando para convencer.»

Se inclinó levemente hacia adelante. «Maquiavelo escribió en El Príncipe: “Los hombres juzgan más por los ojos que por las manos; porque todos pueden ver, pero pocos tocar.”»

Hizo una pausa. Apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Muchos están viendo una narrativa. Pero pocos están tocando evidencia. A eso lo llaman ‘La narrativa de la canibalización’.» El pichón de periodista levantó la vista: «¿Y por qué se llama así?» Anacleto no dudó ni un momento y disparó. «Porque el algoritmo premia la alarma, no la mesura.» Se hizo un silencio incómodo. Anacleto trató de hacer aros con el humo que exhalaba y dijo: «En la era digital, la prudencia es invisible. La sospecha es viral.» El boticario, con ese aire de ingenuidad, murmuró: «Entonces el peligro no es solo el rumor…» «No. Es su amplificación», completó Anacleto.«El algoritmo convierte una conjetura en clima político.» El coronel retirado golpeó suavemente la mesa: «Eso desestabiliza.» «No siempre», respondió Anacleto.«Pero sí erosiona, camarita. Y la erosión constante termina pareciendo verdad.» Carmen, secando la misma taza por enésima vez, habló con serenidad: «En varios bloques hay acusaciones locales, nombres propios, supuestos guisos, conspiraciones municipales…» Anacleto asintió. «La denuncia sin documento es sospecha; la sospecha sin prueba es opinión; la opinión presentada como certeza es manipulación.» Miró al pichón de periodista y comentó: «Un periodista no puede escribir “detenciones inminentes” sin expediente judicial; no puede hablar de “entregas” sin confirmación internacional; no puede insinuar alianzas clandestinas sin actas, testigos, audios o hechos verificables.» Se reclinó lanzando una bocanada de humo. «Porque entonces no está informando: está construyendo atmósfera; está disfrazando la opinión de expediente» El silencio volvió a posarse sobre El Bohemio. Yo no escribía, sino que solo observaba. Anacleto habló más bajo: «El verdadero cadáver que hay que desenterrar no es del chavismo, ni el de la oposición, ni el de Washington.» Los miró uno por uno. «Es el de la credibilidad.» El ventilador siguió girando. «Cuando el periodismo se convierte en eco de rumores estratégicos, pierde su función republicana.»

La profesora, con una precisión de archivo, inquirió: «¿Y cuál es esa función?» Anacleto respondió sin titubear: «Iluminar sin incendiar.» El pichón de periodista cerró el cuaderno. «Entonces, Anacleto… ¿todo es mentira?» Anacleto negó con la cabeza. «No. Puede haber verdades mezcladas. Pero cuando la verdad necesita del grito para sostenerse, algo no está bien.» Se levantó despacio. «Recuerden lo que decía Sun Tzu: “Toda guerra se basa en el engaño.”» Nos miró nuevamente a los ojos. « Porque el texto desmontado no presenta hechos concluyentes, sino construcciones insinuadas que buscan crear percepción de inminencia, conspiración y control oculto. No acusa: sugiere; no prueba: insinúa. Y el fantasma, cuando se repite suficientemente, termina pareciendo cuerpo. La pregunta es si vamos a combatir con inteligencia… o a dejarnos gobernar por fantasmas.»

Afuera Maracaibo seguía en calma. El Bohemio quedó en silencio… y el ventilador siguió girando y chirriando como si nada hubiera pasado.

Verificable y especulativo: la frontera invisible

En el material desmontado se observa una operación frecuente en la narrativa política contemporánea: se toman hechos reales, comprobables, y se colocan junto a deducciones no verificadas hasta que ambos respiran como si fueran lo mismo. Que un alto mando militar visite un país es un hecho diplomático. Que existan tensiones internas en el oficialismo es un dato político. Que haya sanciones internacionales es información pública. Pero de allí no se desprende automáticamente la existencia de una fuerza operativa desplegada, de capturas inminentes, de acuerdos secretos o de un plan milimétrico dirigido desde el extranjero para desmontar un régimen desde adentro. El periodismo serio vive de esa frontera invisible entre lo que se sabe y lo que se supone. Cuando esa línea se borra, el lector recibe una historia coherente, emocionante, incluso plausible… pero no necesariamente demostrada. La coherencia narrativa no equivale a prueba. Y cuando la hipótesis se escribe con tono de sentencia, la prudencia ha sido desplazada por la sugestión.

La fuente anónima y el espejismo del acceso privilegiado

La historia del periodismo está llena de fuentes anónimas que permitieron revelar verdades incómodas. Pero esa herramienta exige una condición innegociable: la posibilidad de corroboración independiente. En el texto analizado, la recurrencia de fórmulas como “me informan”, “una fuente ligada”, “al parecer”, “es posible inferir” crea la sensación de estar frente a información de inteligencia. Sin embargo, no aparecen documentos, registros judiciales, actas oficiales, confirmaciones diplomáticas ni declaraciones verificables. La fuente invisible se convierte entonces en escudo narrativo. Protege la afirmación sin someterla al escrutinio. El lector queda atrapado en una zona ambigua: no puede confirmar, pero tampoco puede desmontar. Y en política, lo ambiguo repetido termina consolidándose como clima. El rumor bien escrito puede adquirir la apariencia de estrategia. Y cuando la apariencia sustituye a la evidencia, el debate público se desliza hacia la conjetura permanente.

El algoritmo y la economía del sobresalto

Como advirtió Neil Postman, («Entretenimiento hasta la muerte»): ‘cuando una cultura se vuelve marcadamente tecnológica, sus conversaciones más importantes tienden a llevarse a cabo en el lenguaje de esa tecnología’. Hoy, ese lenguaje es el de la interacción, la viralidad y el impacto inmediato. Las plataformas premian el dramatismo. Titulares como ‘¡Revelación!’ o ‘Conspiración’ aumentan interacción, pero también amplifican incertidumbre política sin necesidad de sustento empírico. En el ecosistema digital actual, la serenidad compite en desventaja frente al dramatismo. Las plataformas premian el impacto inmediato: la exclamación, la conspiración, la inminencia. Una revelación en mayúsculas viaja más rápido que una aclaratoria prudente. Una insinuación con carga emocional obtiene más interacción que una precisión técnica. El algoritmo no distingue entre lo probado y lo sugerido; mide reacción, no veracidad. En ese contexto, la tentación de elevar el tono es constante. El peligro no es solo individual, sino estructural. Cuando el sistema premia la alarma, el discurso público se inclina hacia la espectacularización de la política. Y así, una narrativa reiterada, aunque carezca de documentos, puede instalar percepciones que duren, moldear expectativas colectivas y alimentar tensiones innecesarias. La responsabilidad editorial, entonces, no es menor: implica resistir la presión de la viralidad y sostener el compromiso con la evidencia. Porque en tiempos de incertidumbre, la exageración no informa; intoxica.

Luis Semprún Jurado