Trece años después de su partida, la figura de Hugo Chávez se proyecta sobre un tablero internacional que parece confirmar muchas de las tensiones que él mismo anticipó como estadista.
Mientras el mundo conmemora un nuevo aniversario de su fallecimiento, el estruendo de los recientes ataques en Irán y la muerte del líder supremo Alí Jamenei subrayan la fragilidad de un orden global que Chávez intentó desafiar mediante la construcción de un bloque multipolar. Aquella alianza estratégica entre Caracas y Teherán, que para muchos fue un simple gesto de provocación, se revela hoy como parte de un diseño geopolítico que buscaba contrapesos ante un poder único que, en pleno 2026, vuelve a mostrar su rostro más crudo en el corazón de Oriente Medio.
La vigencia de su pensamiento como estadista encuentra un eco inesperado en las palabras pronunciadas esta semana por Luiz Inácio Lula da Silva durante la 39 conferencia de la FAO en Brasilia. Al denunciar que las Naciones Unidas están cediendo terreno ante los señores de la guerra, el mandatario brasileño ha rescatado una premisa que fue central en el discurso de Chávez: la ineficiencia de los organismos multilaterales para detener la violencia cuando esta sirve a intereses hegemónicos.
El reclamo de Lula sobre la prioridad de combatir el hambre frente al gasto desmedido en armamento conecta directamente con la visión de desarrollo humano que el líder venezolano promovía como única garantía de una paz duradera.
En este contexto de conflicto abierto en Irán, la dimensión humana de Chávez adquiere una nueva lectura. No se trataba solo del líder carismático que conectaba con el pueblo, sino del hombre que entendía que el destino de las naciones del sur estaba irremediablemente entrelazado.
Su apuesta por mecanismos de integración regional y energética no era solo una estrategia de supervivencia política, sino un intento de blindar a la región frente a las ondas de choque que hoy, ante la parálisis de la ONU, amenazan con desestabilizar los mercados y la seguridad global.
La advertencia de Lula en la FAO actúa como una confirmación tardía de los temores que Chávez expresaba en cada foro internacional: un mundo donde la diplomacia es reemplazada por la fuerza es un mundo donde los más vulnerables siempre pagan el precio más alto.

Al cumplirse trece años de aquel marzo de 2013, la historia parece darle un matiz de profecía a su insistencia por un mundo multipolar. El escenario actual en Irán y el agotamiento del sistema internacional de justicia ponen de manifiesto que la propuesta de Chávez no era una anomalía histórica, sino una respuesta a las grietas de un sistema que hoy Lula describe como secuestrado por la guerra.
Recordar a Chávez hoy es entenderlo como el estadista que, más allá de las controversias domésticas, leyó correctamente las fallas tectónicas del orden mundial y trató de posicionar a Venezuela como un actor con voz propia en un juego de suma cero que, más que nunca, parece estar llegando a su límite.
