China comenzó a redefinir uno de los pilares de su crecimiento económico. Durante las recientes «Dos Sesiones», el principal encuentro político anual del país, el gobierno anunció una meta de expansión de entre 4,5% y 5% para este año. Se trata del objetivo más bajo desde 1991.

Más que un simple ajuste técnico, la cifra refleja un cambio profundo en la estrategia económica de Pekín. El modelo que impulsó el ascenso del país durante las últimas cuatro décadas -basado en exportaciones masivas, inversión en infraestructura y expansión inmobiliaria- muestra señales de agotamiento.

El primer ministro Li Qiang advirtió ante el Parlamento que la economía enfrenta «un desequilibrio grave entre una oferta fuerte y una demanda débil», junto con expectativas empresariales frágiles y riesgos acumulados en sectores clave.

En respuesta, el gobierno busca transformar el motor del crecimiento. El objetivo consiste en fortalecer el mercado interno y reducir la dependencia de la demanda externa.

El modelo que convirtió a China en potencia

Desde finales de los años ochenta, el país construyó un modelo económico centrado en la producción industrial orientada a la exportación. Las empresas chinas fabricaron bienes a gran escala y a costos relativamente bajos, lo que permitió inundar los mercados internacionales con productos manufacturados.

Este esquema se apoyó en tres pilares principales:

  • Exportaciones masivas: China se convirtió en la «fábrica del mundo», produciendo desde textiles hasta electrónica de consumo.
  • Inversión en infraestructura: el Estado financió autopistas, puertos, ferrocarriles y ciudades enteras para sostener el crecimiento industrial.
  • Expansión del sector inmobiliario: la construcción se transformó en un motor económico clave y en un refugio de ahorro para millones de familias.

El modelo funcionó durante décadas. China registró tasas de crecimiento superiores al 8% anual durante largos períodos y sacó a cientos de millones de personas de la pobreza.

Limitaciones

Sin embargo, ese esquema también generó desequilibrios. En los últimos años, varios factores comenzaron a presionar el modelo tradicional de crecimiento.

Uno de los más importantes es el cambio en el contexto internacional. Las tensiones comerciales con Estados Unidos y el avance del proteccionismo complicaron el acceso a algunos mercados. Al mismo tiempo, varios países intentan reducir su dependencia de las cadenas de suministro chinas.

Otro factor clave es la crisis del sector inmobiliario. Durante años, la construcción de viviendas impulsó el crecimiento económico y absorbió enormes volúmenes de inversión. Sin embargo, el exceso de oferta y la crisis financiera de grandes desarrolladoras provocaron una caída prolongada del sector.

También influyen los cambios demográficos. La población china comenzó a disminuir y el envejecimiento de la sociedad reduce el dinamismo de la economía.

En este contexto, el modelo basado en exportaciones y construcción ya no ofrece el mismo impulso que en el pasado.

Nueva meta

Frente a esos desafíos, Pekín busca reequilibrar su economía. El nuevo enfoque apunta a que el crecimiento dependa más del consumo interno.

En términos simples, la estrategia consiste en que los propios ciudadanos chinos compren más bienes y servicios producidos dentro del país. Ese cambio permitiría compensar eventuales caídas de la demanda externa.

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