El Bohemio estaba más lleno de murmullos que de clientes. Afuera, la ciudad hervía como siempre; adentro, las palabras parecían sudar sospecha. Anacleto llegó y, como de costumbre, se sentó a mi lado y pidió un café. Yo le cedí el que me acababan de traer y con una seña a Carmen, ordené otro. Lo dejó ahí, intacto, como si supiera que lo importante no era beberlo, sino dejarlo enfriar. Entonces, me dijo en voz baja: «Camarita… hay personajes que no informan: insinúan, no prueban: sugieren, no construyen: erosionan.» Se acomodó los lentes de carey. «Y cuando uno empieza a rascar, descubre que no es periodismo… es oficio de intriga.» Alguien que escuchó mencionó al “periodista”. No hizo falta decir el nombre.Anacleto levantó una ceja. «Ah, sí… el mismo que cada cierto tiempo reaparece como cometa viejo, dejando una estela de sospechas sin pruebas.» Un sorbo breve. Ahora sí. «Lo curioso no es que critique, porque la crítica es necesaria. Lo peligroso es cuando la crítica se convierte en herramienta de ajuste de cuentas, porque entonces suena como la anatomía de una cizaña anunciada.» El pichón de periodista, con el celular en la mano, leyó en voz alta el fragmento de la supuesta “guerra” entre el gobernador y el alcalde. Anacleto escuchó en silencio. No interrumpió. No negó. Solo dejó que el absurdo caminara solo como un perro sin dueño. Cuando terminó la lectura, habló: «Eso no es análisis político… eso es literatura fantástica. Y bastante mala, por cierto.»
Una risa contenida recorrió El Bohemio. «Miren, camaritas… cuando alguien afirma que hay una “guerra total”, que “se quieren exterminar”, que “todo está roto”… uno espera pruebas, documentos, hechos verificables.
Pero no… lo que aparece es un relato lleno de suposiciones y fuentes invisibles.» Se inclinó hacia adelante. «Eso tiene un nombre: intoxicación narrativa.» El boticario, con su aire de ingenuidad permanente, intervino: «Pero Anacleto… algo de cierto debe haber, ¿no?»
Anacleto negó lentamente con la cabeza. «Siempre hay diferencias en política. Eso es natural. Lo que no es natural es convertir esas diferencias en una guerra apocalíptica sin evidencia.» Encendió un cigarrillo, con esa parsimonia de quien sabe que alguien espera con interés lo que va a decir. «Decía Simón Bolívar que “la unidad lo puede todo”. Y aquí hay quienes viven de fracturar esa unidad, porque sin conflicto… se quedan sin discurso.
Y eso, camaritas, podemos llamarlo “La narrativa de la guerra”… simplemente fabricar enemigos donde hay gestión, una supuesta “guerra” que contrasta con los hechos visibles» Anacleto apagó el cigarrillo. «El problema no es que la gente dude… el problema es cuando le venden certezas sin pruebas.»
El ambiente se volvió más denso. El coronel retirado arrimó su silla hacia la de Anacleto. «Fíjese en el método» continuó Anacleto: «“me dijeron”, “un amigo”, “fuentes cercanas”… es la coartada perfecta para no responder por lo que se dice.» Se llevó la mano al mentón. «Eso no es periodismo de investigación. Eso es rumorología con pretensiones de análisis. En criollo: puros brollos. Es la técnica del veneno: insinuar sin demostrar. »
La estudiante de sociología alzó la mano y preguntó: «¿Y por qué lo hace?»
Anacleto no dudó en responderle rápidamente. «Por dos razones posibles: o busca posicionamiento… o busca pago.» Todos guardaron silencio. «Y a veces ambas.» El viejo periodista, con la experiencia de quien ha visto muchas de esas situaciones, levantó el dedo índice. «Cuando se ve todo eso junto… no se está frente a una denuncia, se está frente a una “operación”.»
La profesora, con un gesto de quien maneja una clase, dio un golpe suave sobre la mesa. «Ahora bien… dejemos el ruido y hablemos de la ciudad, de la gestión real: lo que sí se puede tocar,» Se inclinó. «Porque mientras unos escriben fantasías… otros están asfaltando calles.»
Anacleto encendió un cigarrillo y asintió. «La gestión del alcalde no es perfecta, pero es tangible.» Dio una calada a su cigarrillo y luego de exhalar el humo enumeró con calma: «Iluminación en parroquias donde la noche era ley, recuperación de gas doméstico, treinta mil toneladas de asfalto en tres meses, reordenamiento de la basura, intervención de espacios públicos, recuperación de los cementerios.» Se detuvo. «Eso no es discurso.
Eso es obra.» Miró a todos. «¿Eso significa que no se puede criticar? Claro que no. Pero la crítica debe partir de hechos, no de ficciones.»
El boticario, con voz baja y algo temerosa, preguntó: «¿Y el caso de la Plaza del sector Cantaclaro… cuales la verdad en todo eso?»
Anacleto suspiró. Luego miró al boticario con una especie de sonrisa, como dándole las gracias. «Ah… Cantaclaro: Cuando la sospecha reemplaza al expediente… El ejemplo perfecto.» Se inclinó. «Se habla de “ocupación ilegal”, de “venganza política”… pero, ¿dónde están los documentos? ¿Dónde está la orden administrativa? ¿Dónde está el expediente completo?» De nuevo nadie respondió y reinó el silencio. «No están. Porque es más fácil acusar que demostrar.» Sacó su pañuelo a cuadros y se secó el sudor de la
frente, luego dijo: «Decía Julio Cortázar que “explicar es complicar”. Aquí no explican… simplifican hasta deformar.»
La profesora como intrigada preguntó: «Anacleto… ¿y cuál es el misterio de la Memoria Y Cuenta?, ¿qué sucedió en realidad?»
Las mesas volvieron a agitarse. El pichón de periodista volvió al ataque. «Sí… ahí está ese supuesto acto clandestino…»
Anacleto sonrió con ironía. «Camarita… si algo ocurre en una alcaldía y no hay fotos, no es necesariamente conspiración… puede ser simple control de protocolo.» Se inclinó. «Pero incluso si hubiera fallas en la comunicación, que las hay, eso no convierte el acto en un complot.» Aquí hizo nuevamente una pausa. «Convertir cualquier irregularidad en escándalo es otra técnica clásica.»
El ventilador siguió girando, indiferente. «Miren, camaritas… Gabriel García Márquez decía que el periodismo es “el mejor oficio del mundo”. Pero eso aplica cuando se ejerce con responsabilidad.» Se inclinó. «Cuando se usa para sembrar sospecha sin pruebas… deja de ser oficio y se convierte en herramienta.»
Carmen soltó el paño con el que secaba los vasos y preguntó: «¿Y la gente? ¿Cómo distingue?»
Anacleto levantó la cara y respondió sin titubear: «Con una pregunta simple: ¿dónde están las pruebas?» El tono cambió… más grave… más lento.. «Porque esto no es un juego… cuando se instala la idea de que todo es corrupción, que todo es guerra, que todo es traición… lo que se destruye no es un político. Es la confianza.» Golpeó suavemente la mesa con los dedos y dijo. «Y una ciudad sin confianza es una ciudad ingobernable. Ese
es el verdadero peligro.» Tomó el sombrero, miró el café frío. «Miren, camaritas… la crítica sin pruebas es como el humo: molesta, confunde… pero no construye nada.» Me hizo una seña y se giró hacia la puerta. «Y los que viven de eso lo saben. Por eso repiten… insisten… exageran… esperando que algo se pegue.» Se volteó. «Pero la realidad es testaruda. Y la obra… aún más.» Se detuvo un segundo antes de que saliéramos. «Así que la próxima vez que le traigan una columna incendiaria… no se deje impresionar ni mire el tono. Busque los datos… exija pruebas.» Su rostro mostró una media sonrisa. «Y si no aparecen… guárdela.» Abrió la puerta. El calor entró como una bofetada. «Porque hay textos que, como el cambur…» dijo sin voltear, «no se analizan: se
pudren.»
La arquitectura de la mentira, o cómo se construye una columna sin pruebas – El columnista despliega un repertorio conocido: fuentes anónimas (un amigo del entorno del gobernador»), acusaciones sin respaldo («conociendo a Di Martino, ya lo debe tener 100% bloqueado»), y una narrativa de confrontación que no se corresponde con los hechos públicos. La realidad es que el Gobernador Luis Caldera y el Alcalde Gian Carlo Di Martino han cumplido agendas conjuntas en 2026, coordinando en temas como el asfaltado de avenidas troncales y la recuperación de espacios públicos. La llamada «guerra» existe solo en la mente de quien necesita vender conflicto para justificar su existencia. Como señala el refrán: "El que no te debe, no te teme". Pero cuando el que acusa es un profesional de la sospecha, hasta el inocente empieza a mirar por encima del hombro.
Las obras que hablan y la realidad que el columnista omite – Mientras el columnista escribe de «apropiaciones ilegales» y «actos clandestinos», la gestión de Di Martino acumula resultados verificables. En los primeros tres meses de 2026, se han vertido 30.000 toneladas de asfalto en las principales arterias de Maracaibo; se han instalado miles de luminarias LED en parroquias que llevaban años a oscuras; se han reactivado las cuadrillas de gas doméstico en sectores donde la gente cocinaba con leña; se han extraído 100 toneladas de basura del Cementerio El Cuadrado, y se ha detectado la desaparición de fondos destinados al mantenimiento durante la gestión anterior; se han detenido a los miembros de la banda ‘Los Sepultureros’, terror de los cementerios. Estos
son hechos documentados, no rumores. Y los hechos, a diferencia de las columnas, tienen la virtud de poderse tocar, verificar y contrastar.
El rencor como método: el verdadero negocio del columnista – Detrás de cada columna de este tipo hay una lógica que pocos se atreven a nombrar: el rencor rentable. El columnista reconoce abiertamente que es "un crítico de la gestión de Di Martino desde hace muchos años". Esta confesión, leída con atención, revela el problema de fondo: no es periodismo, es una enemistad personal disfrazada de información. Su método es
siempre el mismo: siembra la duda, insinúa la corrupción, anuncia revelaciones que nunca llegan, y cuando la realidad lo desmiente, cambia de tema. El uso sistemático de expresiones como “fuentes cercanas”, “me informaron” o “un amigo del entorno” responde a una técnica conocida en análisis mediático como construcción de credibilidad ficticia.
Este recurso permite introducir afirmaciones sin responsabilidad directa, diluyendo la obligación de prueba. Es la industria del rencor, un negocio donde la materia prima es la desconfianza y el producto final es la desinformación. La consecuencia no es política sino estructural: cuando la percepción sustituye al hecho, la gobernabilidad se debilita y el debate público se degrada en rumor.
Luis Semprún Jurado
