
Definir un ejercicio de “buen gobierno” que califique como tal, es bastante difícil. Pero no tanto por lo que encierra su concepción, como por lo que deriva de su praxis. Y que aun cuando esto pudiera constituirse en un esfuerzo propio del imaginario político de cada individuo, su resultado no alcanzaría a convertirse en una expresión fidedigna del problema en cuestión.
El conflicto que genera concebir un “buen gobierno”, es de naturaleza sociológica, cultural, moral, filosófica y epistemológica. Es más que un concepto forjado de la teoría política, pues compromete expectativas, capacidades, potencialidades, recursos y disposiciones tanto individuales como colectivas.
De manera que la politología no tiene los elementos teoréticos para determinar el perfil de lo que abarca el sentido fáctico de un “buen gobierno” por cuanto es un problema que supera sus limitaciones conceptuales. También, es un problema cuyo número de variables, trasciende las fronteras de lo que cabe bajo la buena intención del gobernante. Y que además, se halla encubierto por las características propias de cada realidad sociopolítica en que se circunscribe un acto o hecho de gobierno.
Sin embargo, no por lo anterior, las dificultades de índole conceptual son razones de suficiente peso como para abortar cualquier necesidad o decisión que apunte en la dirección de formar un “buen gobierno”. Por algo debe comenzarse. De hecho, la construcción del mundo que hoy se tiene, indistintamente de lo que sus resultados han logrado, ha sido el producto de la sumatoria de esfuerzos comprendidos “uno a uno”. A pesar de los fallos, los éxitos, aunque relativos, han dado algunos frutos que sirven para justificar lineamientos de desarrollo y planificación probados en el tiempo.
Así que cualquier intento que refiera la idea de erigir un “buen gobierno” a instancia de lo que tan complicada ejecutoria pretende, debe ser el eje de rotación alrededor del cual pueda vascular toda aproximación posible que considere la factibilidad de dicho ejercicio. De forma tal que luego de este prolegómeno, vale exaltar el valiente arrojo del presidente interino Juan Guaidó al buscar, entre los intríngulis del concepto de “buen gobierno”, la innegable determinación de animar las necesarias y suficientes voluntades que pudieran apostarle a desafiar la incertidumbre. Condición ésta que le ha valido al régimen opresor y usurpador, la roja táctica puesta en práctica. O sea, hundir a Venezuela en la escasez que la mantiene bajo su oscuro y maléfico poder. Pero al mismo tiempo, de último en el ranking de cualquiera de los indicadores de crecimiento, progreso y desarrollo.
Así que la idea de crear un centro de gobierno con el auxilio del nombramiento de distintas funciones de gobierno que se encargarán de continuar la estrategia política formulada en torno a las tres fases de accionamiento ampliamente conocidas y discutidas (cese a la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres), bien vale el apoyo de quienes viven convencidos de las bondades de la democracia con sus libertades, derechos y deberes. Pese a todo lo que pueda implicar tan ardua tarea, es una decisión que merece ser llevada adelante pues pudiera ser la semilla, cuyo cultivo debidamente entendido y atendido, daría la arboleda bajo cuya sombra será posible realizar y conseguir lo que en verdad merece esta Venezuela, tierra de gracia. Es decir, un gobierno de equilibrio. Así podría resolverse la pregunta que, naturalmente, tanta inquietud despierta: ¿Buen gobierno? ¿Cómo, Cuándo?
