El sol en Maracaibo no solo calienta los adoquines de la Plaza El Buen Maestro; también quema las lenguas. Desde que Gian Carlo Di Martino volvió a sentarse en la silla municipal, la ciudad parece despertar de una siesta de veinte años, como si el Lago hubiera recuperado su memoria y el Puente recordara su nombre. Los maracuchos, ese pueblo de chinchorro y sal, caminan con otra espina: la del orgullo herido que empieza a cicatrizar.

«¿Estamos alegres?», preguntó Anacleto una mañana, mientras el mesonero dejaba dos tazas de «marroncito» humeante sobre la mesa de siempre.

«Claro que sí», respondió el viejo periodista.«Pero hay una mueca en la alegría, Anacleto. Una mueca que no me gusta. Huele a gasolina y a mentira vieja.»

Anacleto se ajustó los lentes de carey y soltó una de sus carcajadas secas, esas que parecen carraspera de moto vieja.«¡Usted lo ha dicho, camarita! Aquí estamos contentos porque el municipio vuelve a barrer la calle, porque las plazas tienen niños y los parques ya no son dormitorios de maleantes. Pero entonces… ¡zas! Aparecen dos incendios. ¿Casualidad? ¿O son los mismos que hace años nos quemaron la esperanza?»

Anacleto encendió un cigarrillo y dejó que el movimiento del ventilador disipara el humo antes de decir: «La gaita dice que Maracaibo es la «ciudad más bella del continente» porque tiene lago, China, puente y un sol que te pela la nuca. Y en estos días, tras años de abandono y de guarimbas que dejaron los árboles como esqueletos, la ciudad vuelve a sonreír. Las 160 unidades recolectoras de basura no son poesía, pero son justicia. Los espacios públicos recuperados no son un milagro, son política. La gente se ha reencontrado con las plazas, y eso, en esta tierra de «maracucho rajao», es casi un acto de fe.» Movió la cucharilla para revolver la azúcar en el café, levantó la mirada y soltó: «Sin embargo, como decía Rómulo Gallegos: “El hato es como la patria: se hace con paciencia y se pierde con indiferencia.” Y hay quienes no soportan ver la paz.  Y así, camaritas, nacen los rumores y se siembran las dudas.

«¿Usted cree que esos incendios son fortuitos?», preguntó la profesora, con su libreta apoyada en el pocillo.

«Puede que sí», respondió el coronel retirado.«Pero puede que sean la señal de que a algunos no les gusta ver tanta armonía. La ley de amnistía les dio libertad, pero no les devolvió la conciencia. Y un loco suelto, con teléfono y odio, hace más daño que una guarimba de antaño.»

Anacleto terció golpeando la mesa con los dedos, como tamborileando: «Porque el problema, camaritas… no es solo Maracaibo.» El ventilador siguió en su letargo. «Aquí hay un país entero al que le han querido prender fuego… todos los días… durante meses.»

Apagó y encendió un nuevo cigarrillo, su ritual del pensamiento:«El refrán no miente: “Candela que se prende, candela que se apaga”. Aquí el que quiera incendiar la ciudad se topará con un pueblo que aprendió a apagar fuegos con la mano desnuda. Ya no estamos en 2019. Aquí hay memoria, y la memoria es un muro más alto que cualquier barricada. Podemos llamarle: La resurrección de la ciudad y sus escombros»

«Pero hay otra cosa, camaritas…» Dijo el viejo periodista levantando la voz. Todos guardaron silencio.«Cuando tumbaron los árboles para hacer barricadas… cuando quemaron basura para “protestar”… nadie salió a defender un samán. Solo salían a quemar cauchos.» Hizo una pausa.«Hoy esos mismos quieren incendiar Maracaibo otra vez… pero con palabras.

El coronel retirado apretó los labios.«Y ahora…»

Anacleto lo interrumpió.«Ahora hay otra realidad. Una ciudad que no está dispuesta a volver atrás.» Se puso de pie lentamente.«Porque el que se quema con leche… ve una vaca y llora.»

El viejo periodista, con la experiencia de haber escrito innumerables crónicas, levantó la voz y dijo: «El resto del país, según los datos y el sentir popular, ha encontrado una calma extraña. No es una paz de cementerio, sino una tregua ganada a pulso. Pero en las redes sociales, la cosa es distinta. Allí, los «luchadores por la democracia», que viven más en Miami que en el Marite, tejen noticias falsas con la destreza de un tejedor de chinchorros.»

La joven estudiante de sociología, levantó la mano y propuso: «A eso podríamos llamarle: La telaraña de los influenciadores. Pero… ¿y la amnistía?»

«Fake news, llaman ahora a la mentira», dijo el boticario. «Pero mentira sigue siendo mentira, así la bañen en colonia.»

Anacleto asintió y agregó:«Y cuidado, camaritas, que la Ley de Amnistía no es un salvoconducto. Es un borrón para el ayer, pero el mañana está en blanco. El que crea que puede volver a las guarimbas porque su «papá Trump» lo protege, está meando fuera del perol. Ahora, aquí el que la hace, la paga, y el que reincide, la sufre doble.»

El coronel retirado, que nunca pierde el gesto serio, recordó una frase de Alberto Arvelo Torrealba:«“El que le teme al trabajo, le teme a la vida.”» dijo «Esos mercenarios, esos «influenciadores», le temen a la paz, porque la paz no vende “me gusta” o en su argot “likes”.»

«Claro, camarita.» asintió Anacleto y agregó «La paz no paga dólares, ni financiamiento. Por eso inventan caos, incendios, atentados. Pero el pueblo ya no es títere. Aquí ya nadie se cree el cuento de la «dictadura». Eso se lo comen ellos con arepa.» Se giró hacia nosotros. «¿Quién se beneficia del miedo?»

Anacleto secó su pañuelo a cuadros y se secó la frente; levantó la mirada y refunfuñó: «No todo es perfecto en la viña del Señor. Maracaibo sigue siendo una ciudad caliente, con problemas de agua, aún con calles que duelen y con un lago que no termina de sanar. Pero hay un nuevo impulso, y ese impulso se llama participación.»

«El Comandante lo dijo», recordó la profesora: “Comuna o nada.” No es un eslogan, es una hoja de ruta. Desde los concejos comunales, las comunas, la alcaldía, el gobierno regional y hasta quien está al frente del país en Caracas, todos tenemos que remar juntos en la misma dirección. Si no, el barco se hunde. Y aquí el que se queda sin remar, se lo come el Lago»

Anacleto, trató de hacer aros con el humo que exhalaba y agregó: «Pero la palabra de quien está al frente del país en Caracas no vale si aquí, en la esquina, el concejo comunal no la hace cumplir. La autoridad se hace con gente, no con decretos.»

«¿Y no es ese el deber ciudadano… participar?» Insinuó Carmen desde la barra, mientras secaba una taza por enésima vez.

Anacleto asintió con un gesto de cabeza, y agregó «Y aquí no hay un país de alquiler, camarita. Aquí la que manda, para bien o para mal, se sienta a sudar bajo este mismo sol, no desde una oficina con aire acondicionado en otro continente. Las decisiones las pagamos nosotros, con la frente y con el bolsillo», casi escupiendo el café.«Delcy Rodríguez es una mujer con guáramo, como diría mi abuela. Pero sola no puede. “Una golondrina no hace verano”, y aquí todos tenemos que poner el hombro. Los que viven en Marabia, que se queden allá, lejos. Aquí, en Maracaibo, estamos los que trabajamos, los que sudamos, los que no vendemos la patria por un puñado de dólares.»

Mientras el ventilador giraba lentamente, Anacleto dejó caer la última sentencia: «Cuidado con los cadáveres, camaritas. Los muertos de las guarimbas están enterrados, pero no olvidados. Y los que quieran traer de vuelta el dolor, se encontrarán con un pueblo que ya no tiene miedo. “Cada loco con su tema”, dicen. Pero aquí el tema es la paz, y el que quiera quemarla, se quemará él solo. Porque el que salga creyendo que tiene patente de corso… se equivoca de siglo.»

El café se enfrió. Afuera, el sol seguía cayendo a plomo. Pero dentro de El Bohemio, la verdad, aunque incómoda, se había servido caliente, y había dejado al aire la inquietud de Hamlet: “Ser o no ser… he ahí el dilema”.

La memoria de las cenizas – Los incendios recientes no son solo siniestros. Son un mensaje cifrado, una provocación. En una ciudad que intenta sanar, cualquier chispa puede ser un síntoma de que el odio sigue latente en quienes perdieron el poder de la calle. La unión cívico-militar-policial es, hoy, el muro de contención más efectivo contra el aventurerismo político.

La hipocresía del exilio digital – Los «influenciadores» de la oposición viven en una realidad paralela, donde las sanciones no matan y las guarimbas son «lucha social». Sus redes son su trinchera, pero su credibilidad es un espejismo. La ciudadanía ha aprendido a diferenciar entre el ruido y la verdad. La amnistía fue un acto de grandeza, no de debilidad. Pero la grandeza no es infinita.

El llamado a la responsabilidad colectiva – Maracaibo no se salva sola, ni con alcaldes ni con gaitas. Se salva con el compromiso de cada ciudadano. La democracia participativa no es un cuento de hadas: es una exigencia. Desde el concejo comunal hasta la unión de los vecinos, cada espacio de poder popular es una trinchera contra la desidia y la traición. Esta frase, que podría atribuírsele, sin serlo, a Arvelo Torrealba y su Florentino y el Diablo resuena en el Zulia: “Cuando el pueblo se para, hasta el diablo se arrodilla«.

Luis Semprún Jurado