El ventilador de El Bohemio no daba más. Giraba con la misma desesperación de un columnista a quien sus antiguos pagadores le han cerrado la llave. Anacleto leía en voz baja la columna «Verdades y Rumores», pero no como quien busca información, sino como quien disecciona un cadáver insepulto. De repente se levantó, me miró, se volteó hacia la gente: «Camaritas» dijo, dejando el periódico sobre la mesa. «Este señor que se autodenomina periodista radical ha escrito un nuevo capítulo de su novela favorita: Cómo ser tomado en cuenta por María Costosa Machado sin que ellos se den cuenta. El problema es que la novela es mala, las fuentes son imaginarias, y el único personaje real es él: un mercenario del rumor que hoy le sirve a un plato, mañana a otro, y siempre al mejor postor.»

La profesora levantó la vista. «¿Otra vez intentando lavarle la cara a La Sayona?»

«Peor, camarita» respondió Anacleto, encendiendo un cigarrillo.«Ahora no solo le lava la cara, sino que le construye una escalera de oro para que baje del pedestal donde ni siquiera está. Nos dice que Estados Unidos la protegerá, que tiene un plan de transición, que los gringos apuestan por ella. ¿Y las pruebas? Las mismas de siempre: no tengo, pero intuyo, me dijeron, pero no puedo decir quién.»

El coronel retirado, con su taza de café cerrero en la mano, terció: «¿Y la corrupción que denuncia? ¿Los Rodríguez, el TSJ, las mafias?»

Anacleto soltó una carcajada seca, de esas que parecen carraspera de moto vieja. «Ahí está el detalle, como diría Cantinflas, camarita. Él habla de mafia como quien habla del agua: mucho ruido, pero nunca una gota de prueba. Porque si tuviera pruebas, las habría mostrado. No vive de la verdad, vive de la insinuación. Como escribió Rómulo Gallegos en Canaima: «La sospecha es una mancha que crece sola». Y este columnista sabe que no necesita pruebas: con sembrar la duda, ya tiene su titular de la tarde.»

«Aquí habla de que los hermanitos Rodríguez quieren controlar la mafia del TSJ» prosiguió Anacleto. «¿En qué se basa? En nada. No da nombres, no da fechas, no da montos. Solo suelta la palabra mafia como quien echa sal al viento, esperando que alguien estornude. Es el uso de la calumnia como método»

El boticario preguntó: «¿Y si fuera cierto?»

«Si fuera cierto» respondió Anacleto,«no lo sabríamos por él. Lo sabríamos por un fiscal, por un tribunal, por una sentencia. Pero él no es fiscal, no es juez, ni siquiera es testigo. Es un vocero de nadie. Como le gusta decir al pueblo: El que no tiene qué contar, inventa qué decir».

«Y aquí viene lo más patético» dijo Anacleto, señalando con el dedo manchado de nicotina. «Nos habla de que Estados Unidos está acelerando la transición, que protegerán a María Corina, que habrá elecciones limpias. ¿Y la fuente? Michael Kozak, un burócrata que dice lo que todo burócrata dice: nada. El columnista interpreta un “no tenemos fecha” como un “vamos a invadir”. Eso no es periodismo, camaritas. Eso es leer la carta astral y decir que los planetas votaron por Machado. Es el cuento de nunca acabar.»

El viejo periodista anotó algo en su libreta. «¿Y por qué hace esto?»

«Porque Rosales ya no le da ni medio» soltó Anacleto, sin anestesia.«Porque el que pagaba antes cerró la llave. Como dice el refrán: “Perro que no tiene dueño, menea el rabo para cualquier sombra”. Pero la sombra de La Sayona es larga, y él, por más que ladre lo de la falsa transición y decir que ella está bajo el manto inviolable del pedófilo anaranjado, no ha logrado que ella lo voltee a ver.»

«Aquí me dolió, camaritas» dijo Anacleto, señalando el párrafo sobre Gian Carlo Di Martino. «Al alcalde de Maracaibo, nuestro alcalde, lo excluyeron del presídium, lo sentaron en segunda fila, no lo dejaron acercarse a Delcy ni mirar a Diosdado. ¿Y la fuente de esta humillación? El columnista dice que no tiene pruebas, pero que intuye la mano de Luis Caldera.»

El viejo periodista, que escribía en su libreta de tapas negras, levantó la cabeza. «Otra vez la sombra de Caldera… ¿y las pruebas?»

«Las pruebas, mi querido amigo» respondió Anacleto, apagando el cigarrillo,«son como las que tiene el Departamento de Estado contra Nicolás por lo del “Cartel de los Soles”: todos “creen” que existen, pero nadie las ha visto. Como decía Eduardo Galeano: “La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos”. Pero aquí el columnista ha hecho lo contrario: magnifica los rumores y entierra los hechos. De ahí que juzgue la gestión del alcalde por estar sentado en segunda fila»

«Larry Devoe» leyó Anacleto «Nuevo Fiscal General. Nunca fue chavista, pero es de la total confianza de los Rodríguez. “Un perro fiel”, dice el columnista. El brazo ejecutor del Rodrigato».

La profesora, con aire de incredulidad, intervino: «¿Y eso es malo? Si no es chavista, quizá pueda ser imparcial.»

Anacleto sonrió con amargura. «Camarita, en este país, la palabra “imparcial” es como el agua en el desierto: todo el mundo la busca, pero cuando aparece, resulta que la llaman “espejismo”. Julio Cortázar escribió en Rayuela: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Devoe y los Rodríguez se encontraron, no por casualidad, sino por necesidad. El columnista, que no tiene pelos en la lengua para llamar “mafia” a lo que otros supuestamente callan, aquí solo susurra.»

«Aquí, por primera vez, habla de un caso concreto: El Potro Álvarez, las apuestas, los 40 millones de dólares» continuó Anacleto. «¿Y qué hace con esa información? La tira al final, sin desarrollo, sin pruebas, sin seguimiento. Porque revelar no paga, camaritas. Pagan los titulares; pagan los nombres; pagan las medias verdades que pueden ser desmentidas. El periodismo serio no se hace con párrafos de relleno.»

La profesora recordó un fragmento de García Márquez: «Como dijo Gabo: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Este columnista no recuerda nada: inventa todo.»

«Y lo más grave, camaritas» dijo Anacleto, bajando la voz. «Habla de la extradición de un supuesto terrorista a Panamá como si fuera una prueba de sumisión del “neo chavismo” a los gringos. Pero si la misma operación la hubiera hecho Noboa, o Milei, la habría calificado de colaboración internacional. Aquí no hay coherencia, hay conveniencia. Como sentenció Eduardo Galeano: «La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud». Este columnista le rinde culto a su propia conveniencia, y la viste de virtud.»

La estudiante de sociología, callada hasta entonces, levantó su taza y preguntó: «Entonces, ¿no hay investigación?»

«La única investigación que él hace» respondió Anacleto, «es la de averiguar nada. Por eso ayer insultaba a los Rodríguez, hoy les achaca mafias, y mañana les pedirá perdón si le ofrecen un contrato. Como dice otro refrán: “El hambre es mala consejera, pero peor es la ambición disfrazada de moral”. Es como un lobo disfrazado de cordero.».

«Y el colmo de la ironía» dijo Anacleto, apagando el cigarrillo. «Él denuncia que Capriles tiene un laboratorio de redes para atacar a La Sayona. ¿Y él? ¿No tiene acaso su propio laboratorio de rumores? ¿No es su columna el altavoz de sus frustraciones? ¿No usa las mismas técnicas que condena? Porque, como escribió Cortázar en Historias de Cronopios y de Famas, «el espejo le devuelve a uno lo que uno lleva puesto». Y este columnista, camaritas, lleva puesto el disfraz de periodista, pero debajo está desnudo de moral.»

El pichón de periodista, que hasta ahora solo escuchaba, preguntó: «¿Y La Sayona? ¿Sabe que él existe?»

«La Sayona, camarita» respondió Anacleto, levantándose, «no lee columnas de periodistas desesperados. Ella ya tiene su propia cofradía, sus propios voceros, sus propios laboratorios. No necesita a un alacrán que no sabe ni a quién picar. Y él lo sabe. Por eso escribe: para que ella lo vea, lo contrate, lo saque del anonimato. Pero La Sayona es fría, calculadora y ciega de los pies a la cabeza cuando no le conviene ver. Y él no le conviene; no le ha convenido nunca y no le convendrá jamás».

Anacleto apuró el café, ya frío, y dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco. El ventilador, testigo mudo de tantas verdades, siguió girando con su lentitud de enfermo, la profesora cerró su libreta, el coronel retirado bebió el último sorbo de café cerrero, y… Anacleto, sin levantarse, sin apagar la luz, sin despedirse, soltó la última frase de la noche: «El periodismo, camaritas, no es un ring de boxeo entre fracasados que esperan contrato. Es una trinchera donde los que no tienen voz deberían encontrar eco. Pero eso, ya se sabe, no vende titulares, ni consigue entrevistas con La Sayona».

El Bohemio se quedó en silencio, con la certeza de que la verdad, aunque la distorsionen los rufianes, siempre termina por aparecer… aunque sea disfrazada de rumor. El ventilador siguió girando, y en la mesa quedó el periódico abierto, con la columna marcada como quien marca un cadáver que aún no sabe que está muerto.

El mercenario del rumor que no tiene clientela – El columnista no es un periodista de investigación: es un «enviador de mensajes a ver quién le responde». Sus fuentes son siempre anónimas, sus pruebas siempre inexistentes, sus conclusiones siempre favorables a quien necesita que lo contraten. Como señala un viejo zuliano: “El que tiene un solo sombrero, no se para bajo la lluvia”. Y este señor, camaritas, no tiene sombrero: tiene una libreta de apuntes donde lo único escrito es «urgente: necesito apoyo».

La falsa moral del que se vende al mejor postor – Levantar falsedades sobre los Rodríguez no lo convierte en perseguidor de la corrupción. Convertir el rumor en noticia no lo hace valiente. Su columna no es una denuncia, es un intento  de servicios no prestados. Como escribió Andrés Eloy Blanco: “Hay un odio que mata y un odio que salva”. El odio de este columnista no mata ni salva: solo alquila espacio para quien le ofrezca cinco minutos de gloria.

La obsesión con La Sayona como reflejo de su propio vacío – Dedica párrafos enteros a elogiar a María Corina Machado, a construirle una transición soñada, a inventarle una protección gringa que no existe. ¿Por qué? Porque necesita que ella lo mire. Necesita que ella le devuelva un guiño. Necesita que ella, desde su cofradía dorada en Madrid o Miami, le diga: «usted sí es periodista». Pero ella no lo hará. Porque, como reza el refrán: “El que nace para mulo, del cielo le cae el arnés”. Y este columnista, camaritas, nació para mulo de nadie. Es un animal de carga sin carga, que corre desesperado detrás de su propia sombra.

Luis Semprún Jurado