El Bohemio estaba más lleno que nunca. La noticia de que el columnista radical había vuelto a la carga había corrido como pólvora. Carmen apenas daba abasto con los cafés y el ruido de las cucharillas chocando contra las tazas competía con el murmullo político que venía de cada mesa. En la mesa del rincón, Anacleto tenía desplegada la última entrega de «Verdades y Rumores». La hojeaba con esa mezcla de paciencia quirúrgica y condena anticipada. Estaba llena de puros “rumores” y ¿dónde estaban las “verdades”?
Todos esperaban, como de costumbre, los comentarios acertados de Anacleto.
Anacleto dejó el silencio madurar unos segundos y soltó: «Ahora cualquier rumor viene disfrazado de primicia histórica. Antes el chismoso decía “me contaron”; después aprendió a decir “fuentes cercanas”; y ahora el muy descarado escribe: “se viraliza el rumor”. ¡Qué belleza! Ya ni siquiera asumen la autoría del invento… ahora la culpa es del algoritmo.» Dio un sorbo lento al café. «Pero cuidado. El problema no es solamente el periodista radical. El verdadero problema es el público emocional que consume basura política como quien apuesta en carreras de caballos.»
El pichón de periodista llegó con el teléfono caliente, pero esta vez no traía un rumor. Traía una pregunta que le pesaba en la boca. «Anacleto, otra vez el mismo. Ahora dice que Tarek William Saab está detenido en Fuerte Tiuna, que los Rodríguez lo van a sacrificar, que María Corina regresa en julio o agosto, que hay una «transición al revés»… ¿De dónde saca todo esto?»
Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo con esa parsimonia de quien sabe que las mentiras, como el humo, se disipan solas. Exhaló hacia el techo y lo vio deshacerse contra las aspas del ventilador. «Camarita, lo que usted tiene ahí no es una columna. Es un inventario de deseos disfrazado de periodismo. Uno entiende que el periodismo vive de revelar cosas, pero el problema comienza cuando algunos descubren que también se puede vivir inventándolas. Fíjese en la arquitectura: «se viraliza el rumor», «me informan», «al parecer», «no tengo la menor idea». Esa es la gramática del que no tiene nada. Cuando no hay pruebas, se inventa una atmósfera y cuando no hay hechos, se siembra sospecha. Es el método del “agricultor de incertidumbres”.»
El coronel retirado, con la mirada de quien ha visto demasiados partes de guerra, se inclinó sobre la mesa. «¿Y lo de Tarek William Saab? ¿Es cierto que está detenido?»
Sin prisa, Anacleto le respondió: «Coronel, el columnista dice que «se viraliza el rumor». Antes, los chismes por lo menos caminaban… Ese es su nuevo disfraz. Cree que con llamar a su columna ‘Verdades y Rumores’ justifica la propagación de brollos sin ningún tipo de sustento,» Se acomodó sus lentes de carey y siguió: «Mire este caso del supuesto arresto de Tarek William Saab. Según ciertos fabricantes profesionales de rumores, el hombre ya estaba preso, vigilado, purgado y convertido en sacrificio ritual del chavismo.» Golpeó la mesa con los nudillos. «Y yo pregunto algo muy simple: ¿Dónde están las pruebas? Ahí cambia de libreto con más velocidad que una iguana cruzando una carretera caliente.»
La profesora acomodó sus papeles. «Lo grave, Anacleto, no es el rumor. Lo grave es que ya nadie distingue entre información y propaganda.»
«Ni entre periodismo y panfleto», murmuró el boticario.
La profesora utilizó su precisión de archivo y desplegó una nota del periódico Versión Final. «Lo curioso es que cuando habla de las mafias judiciales, no informa, sino que «calichea». Toma los datos del diario Versión Final y los usa para seguir su cadena de brollos, agregándoles picante. Como dice el refrán: «Zamuro que no sabe a carroña, se muere de hambre». Y este señor lleva años alimentándose de la carroña del rumor. Recuerde el viejo refrán de pueblo modificado: “Cuando el río suena… a veces es porque alguien lanzó piedras para hacer ruido”.»
El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «Pero Anacleto, ¿y lo de la «transición al revés»? Suena mal, ¿no?»
La carcajada de Anacleto retumbó en todo el café. Entonces levantó la cabeza. «No subestimen el poder del rumor, camaradas… El rumor fue siempre el perfume favorito del poder cuando no podía exhibir pruebas.» Y alzó la voz para decir: «Camaritas, eso de «transición al revés» existe solo en su estrecha mente. La ley es la ley, así no le guste. Pero suponiendo que se diera ese proceso, ¿no y que tienen el 80% de aceptación y voto popular? De ser «cierto», ganarían todas las gobernaciones y alcaldías. Hasta ahora han recibido palizas de parte del pueblo, y eso seguirá así. Si no puede ganar las alcaldías y gobernaciones, ¿cómo va a ganar la candidata inhabilitada la presidencia?»
El viejo periodista, desde la barra, soltó su comentario con esa sabiduría de quien ha visto demasiadas mentiras. «Lo de María Corina es el colmo. Dice que regresa en julio o agosto, que todo está listo, que el único obstáculo son las condiciones de seguridad. Pero la verdad, camaritas, es otra: Informes de la Casa Blanca revelan el colapso definitivo de la supuesta líder opositora.» Hizo una pausa, tosió y luego continuó: «Trump la expulsó de sus planes de transición para Venezuela y jamás la consideró para liderar nada. Su aparatoso desplazamiento del tablero geopolítico quedó al descubierto tras revelarse las negociaciones secretas mediadas por Qatar, previas al secuestro. ¿Y este señor sigue vendiendo su sueño narniano como una verdad inobjetable?»
Anacleto trató de hacer aros con el humo que exhalaba y al disiparse éste, disparó: «Esa novela ya lleva demasiadas temporadas. Cada semana aparece una “fecha tentativa”; cada mes surge un supuesto operativo internacional; cada columna promete revelaciones decisivas.», ironizó Anacleto. «La protagonista siempre está a punto de entrar en escena, pero el capítulo termina antes de que abra la puerta. Antes eso tenía un nombre más sencillo», dijo con resignación «se llamaba alcahuetería informativa.»
La profesora, siempre atinada, exclamó: «Y ojo», añadió levantando un dedo, «una cosa es criticar al gobierno y otra muy distinta es convertir la política en fantasía geopolítica. Porque hay gente que escribe como si la Casa Blanca repartiera presidencias latinoamericanas en una mesa de póker.»
El sindicalista, con su voz grave de hombre de calle, intervino: «Anacleto, ¿y el juicio PDVSA-Cripto? Dice que Tareck El Aissami está cantando de más, que lo dejaron suelto para que salpique a otros.»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento. «Camarita, el columnista lleva, según su cuenta, veinte años con esta columna. Eso demuestra una de dos: o tenía muy buenos financistas a los que les lavaba la cara, achacándoles a otros los delitos de éstos, o solo se dedicaba a los casos que «dejaban alguito»: la alcahuetería “periodística”.» dejó el silencio madurar unos segundos y continuó: «Ahora resulta que Tarek William Saab es un «torturador serial». Decía Nicola Maquiavelo: “La política no tiene relación con la moral.” Y aunque la frase incomode a muchos idealistas tropicales, explica buena parte del tablero mundial. La guerra cognitiva para dividir al chavismo continúa a la velocidad del tren bala, pero con poca imaginación y de baja calidad.»
La profesora, lucidez como de costumbre, cerró su cuaderno. «Y mientras tanto, en la Alcaldía de Maracaibo, el mutismo es total. Nadie quiere confirmar o negar. Nadie quiere dar detalles. Ni sus «amigos» ni colegas de hace años le quieren servir de «fuente». Porque ya lo conocen. Tiene el ego del tamaño de la Bola del Gas. No entiende que nadie confía en él por la manera que distorsiona la verdad. Ya no encuentra qué decir o inventar.»
Anacleto se levantó y caminó hacia la barra. Carmen le sirvió un café sin preguntar, como siempre. Se sentó en el taburete, de espaldas a la mesa, pero con la voz clara. «Rómulo Gallegos escribió que «la barbarie no está en el llano, está en el corazón del hombre». Y en el corazón de este columnista, camaritas, sigue latiendo la barbarie del rencor. No hay columna en la que no ataque a los Rodríguez con saña. ¿Será envidia? No sé. Pero debería leer la Constitución para entender que existen disposiciones que regulan los procesos electorales. Eso de «transición al revés» no es materia de discusión en la actualidad. Tenemos una Presidenta encargada constitucionalmente mientras nuestro Presidente legítimo sigue secuestrado.»
Dio un sorbo de café y continuó: «Eduardo Galeano decía que «el rumor es el humo del miedo». Este señor vive de vender humo. Pero el humo, cuando se disipa, deja al descubierto la vaciedad de quien lo produce. Por eso cuando dice no saber algo, admite a regañadientes: «no tengo la menor idea». Por lo menos acepta no tener idea. Y con eso se demuestra la falsedad de sus elucubraciones. Si hay reformas es malo; si no las hay, también es malo. Es la cuadratura del círculo.»
El pichón de periodista, con el ceño fruncido, preguntó: «¿Y lo de las Águilas del Zulia? ¿Eso también es inventado?»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la verdad es más sencilla que la ficción.
«Camarita, de eso no puedo hablar porque no sé. Y por eso no opino. Ese es el problema de este señor: opina de todo, aunque no sepa nada. No es periodismo, es despecho con pretensiones. Como dice el refrán: «El que mucho habla, mucho yerra». Y este señor habla tanto que ha perdido la cuenta de sus propias contradicciones.»
El viejo periodista, con una sonrisa de satisfacción, añadió: «Y lo del CNP es el colmo. Doce años de mora electoral, dice. Pero ojo, él no critica a sus colegas. Ahí no hay «purga», no hay «persecución», no hay «mafias». La ironía no basta, camaritas. La hipocresía tiene nombres y apellidos.»
Anacleto se levantó de la barra y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello. «Bertrand Russell dijo que «el problema del mundo es que los tontos son siempre tan seguros y los inteligentes tan llenos de dudas». Este columnista es un ejemplo perfecto de esa seguridad tonta. Escribe con la certeza del que no necesita pruebas, porque su público no las exige. Pero la verdad, camaritas, es más tozuda que sus columnas. El tiempo la pone en su sitio. Y el tiempo, como el agua, horada la piedra.»
Hizo una pausa, dio una última calada a su cigarrillo y lo aplastó en el cenicero. «La próxima vez que alguien les traiga una columna como esta, pregúntense: ¿dónde están las pruebas? ¿Dónde están los documentos? ¿Dónde están las fuentes con nombre y apellido? Y si no encuentran nada de eso, háganme caso: guárdenla. Con el tiempo, como el cambur, también se pudre.»
Salió y yo detrás de él. La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave, definitivo. Afuera, Maracaibo seguía su curso, con sus apagones, su calor y su terquedad infinita. Adentro, sobre la mesa del rincón, la columna quedó allí, como una prueba de que el rencor, cuando no tiene pruebas, se pudre solo. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: ¿Cuánto tiempo más seguirá este señor escribiendo la misma columna, con las mismas fuentes invisibles, antes de que sus propios lectores se den cuenta de que el mago no tiene trucos, solo humo?
La metodología de la intoxicación: del rumor a la certeza ficticia – El columnista despliega un repertorio conocido: «se viraliza el rumor», «me informan», «al parecer», «no tengo la menor idea». Son las muletillas del que no tiene pruebas. Su método es simple: siembra la duda, insinúa la conspiración, anuncia revelaciones que nunca llegan. Es la técnica del espejo roto: toma un fragmento de la realidad y lo presenta como si fuera la totalidad. El problema no es el rumor en sí mismo, sino su tratamiento como si fuera verdad. Como escribió Eduardo Galeano: «El rumor es el humo del miedo». Este columnista vive de vender humo, convencido de que la repetición convierte la mentira en certeza.
La contradicción como método: todo es malo, pase lo que pase – El análisis del columnista opera bajo una lógica binaria perversa: si el gobierno reforma el TSJ, es malo porque «concentra poder», si no lo reforma, también es malo porque «perpetúa la corrupción»; si hay auditoría, es persecución, si no la hay, es complicidad. El filósofo Arthur Schopenhauer observó que «la contradicción es el método del sofista». Aquí no hay sofisma, hay terrorismo interpretativo: convertir cualquier acontecimiento, por neutral que sea, en prueba de una conspiración. Su público no pide coherencia, pide morbo.
El negocio del descontento perpetuo: veinte años de la misma columna – Lleva veinte años con esa columna. Eso significa que ha sobrevivido a cinco presidentes estadounidenses, tres gobiernos venezolanos y decenas de «fracturas terminales del chavismo» que nunca ocurrieron. Su modelo de negocio es simple: el descontento perpetuo. No importa lo que pase, siempre habrá algo que criticar. No importa lo que se haga, siempre habrá una razón para desconfiar. El escritor uruguayo Mario Benedetti decía que «la esperanza no es optimismo, es coraje». Este columnista ha renunciado al coraje. Vive de la desesperanza ajena, alimentándose del miedo y la incertidumbre. Pero el tiempo, camaritas, es un juez implacable. Y ya lleva veinte años perdiendo el juicio.
Luis Semprún Jurado
