Cada 8 de septiembre, el oriente venezolano amanece con olor a salitre, flores frescas y pólvora festiva. Desde las costas de Cumaná y Carúpano hasta las bahías de la Isla de Margarita y las riberas del Orinoco, miles de peñeros hacen sonar sus sirenas. No es un día cualquiera: se conmemoran 115 años desde aquel 8 de septiembre de 1911, cuando el obispo Antonio María Durán, por mandato del papa Pío X, colocó la corona dorada sobre la pequeña imagen de la Virgen del Valle, sellando formalmente una devoción de siglos.

Llegada desde España en el siglo XVI a la antigua ciudad de Nueva Cádiz, en la isla de Cubagua, la imagen sobrevivió milagrosamente al temible maremoto de 1541. Tras el desastre, los sobrevivientes la trasladaron al Valle de Espíritu Santo en Margarita, lugar donde echó raíces definitivas y adoptó el nombre con el que hoy la veneran sus hijos.

Con el paso del tiempo, la imagen dejó de ser solo una reliquia colonial para convertirse en la «Patrona de los Marineros» y de la Armada Bolivariana, pero sobre todo, en la madre protectora del pueblo oriental.

Milagros que alimentan la tradición

El fervor hacia «Vallita» no se sostiene únicamente en la liturgia, sino en la memoria oral transmitida de generación en generación a lo largo de las costas:

  • El milagro de la perla: La historia narra cómo un pescador llamado Domingo, a punto de perder una pierna por la picadura de una manta raya, le prometió a la Virgen la primera perla que extrajera si sanaba. Al sumergirse de nuevo, halló una perla con la forma exacta de un pie humano, la cual reposa en el museo diocesano.
  • La lluvia tras la sequía: En 1608, una severa sequía azotaba la isla de Margarita. Al sacar la imagen en procesión hasta la ciudad de La Asunción, los crónicas de la época afirman que una intensa lluvia comenzó a caer justo cuando la imagen cruzaba las puertas del templo.

Un fervor que traspasa fronteras

A 115 años de su coronación oficial, la fiesta de la Virgen del Valle trasciende los límites de la Basílica Menor en Margarita. En cada muelle del oriente del país, las embarcaciones se adornan con bambalinas de colores y pañuelos blancos para la tradicional procesión marítima. Para los pescadores, levar anclas en su día sin rendirle tributo es impensable; para la diáspora venezolana en el exterior, llevar su estampita es mantener un pedazo de su tierra cerca del corazón.

Vallita sigue siendo el faro que guía a los marineros en altamar y el refugio espiritual al que millones acuden para agradecer favores, pagar promesas o simplemente pedir que el mar traiga buena pesca y tiempos de paz.

Crítica24