El Clásico se servirá en caliente. El Madrid, que empezó la noche a nueve puntos del Barça, no necesito esta vez, como en Roma, meterse en el ataúd para emboscar. En el primer día (de cuatro) sin Vinicius fue mucho mejor que el Sevilla, encontró en Güler un remolcador, en Diomande una lanzadera y una estrella y en Mbappé la elegancia en la definición. El plan de contingencia en Roma va para hoja de ruta definitiva. Falta que pase el test de estrés en el Camp Nou. La nota a pie de página fue que necesitó del mejor Courtois para andar tranquilo.
Y el asunto arbitral tuvo una segunda onda expansiva tras lo ocurrido en el Betis-Barca de la víspera: el Sevilla reclamó la expulsión del propio Güler aún con 0-0 por un codazo a Peque que ninguna cámara (?) captó con nitidez. Luis García se sintió víctima colateral del ruido de los últimos días. Quién sabe lo que hubiera ocurrido ante un Madrid con diez, pero once contra once su equipo fue superadísimo.
Volantazo en el once
Roma le dejó al Madrid una victoria agónica y a Mourinho, una enseñanza que apunta a duradera. Quizá el reverso acabe siendo el anverso, porque el once que presentó ante el Sevilla se pareció mucho más al que remontó al final que al que fracasó con estrépito al inicio. También los resultados. Valverde partió como lateral derecho por primera vez en el curso. En agosto el portugués no le veía ahí. El uruguayo nunca se ha visto, pero su opinión es minoritaria entre la afición del Madrid, que ha fichado a dos carrileros diestros en las dos últimas temporadas que no le superan. No hay mejor lateral derecho en la plantilla y quizá no lo haya en la Liga.
A la alineación volvió Arda Güler. Fue una reparación moral en toda línea al mejor jugador del equipo en lo que va de temporada, perjudicado por su falta de envoltura galáctica y porque Mourinho no acaba de atreverse a salir sin dos sabuesos en el eje. El turco se colgó el cartel de imprescindible una vez más. Y la ausencia de Vinicius le abrió una puerta a Endrick que seguro que no esperaba, ni siquiera tras la conversación que confesó haber tenido con Dios. Conviene que no se la cierre. La última consecuencia del volantazo fue el cambio de banda de Diomande, que resultó más ventaja que problema.

El Sevilla, aun mermado por las bajas, coleccionaba algunas buenas noticias: dos victorias y dos empates en sus cuatro salidas y el regreso de Rubén Vargas, probablemente su futbolista más desequilibrante y que no jugaba, por una lesión de rodilla, desde la primera jornada. Luis García le ha convertido en un equipo difícil, ordenado y sacrificado a partes iguales que aguantó bien la salida del Madrid, que tampoco fue atronadora: alguna correría del inquieto Diomande, un misil tierra-tierra de Endrick sin colocación y otro de Valverde camino del gol que pegó en Mbappé, escudo en lugar de espada.
Tebas y el codazo
La salsa era otra. La tarde, como la semana, como el mes y como los últimos tres años, era de aguas bravas. El estadio dedicó los primeros minutos del choque a ponerle voz al comunicado oficial del club de dos días antes. “Tebas, vete ya”, se gritó. Y pasados 20 minutos llegó el lance para el debate. Lejos del desarrollo de la jugada principal Peque agarró insistentemente a Arda Güler hasta que el turco lanzó su codo hacia atrás para desembarazarse de él. El sevillista cayó derrumbado. Busquets esperó señales del VAR. No las hubo, porque tampoco aparecieron imágenes nítidas del lance. No pudo precisarse ni la intensidad del contacto (golpe o braceo) ni la zona de impacto (cara, pecho o aire). La cosa quedó en nada. Y como la jornada la había cargada el diablo, seis minutos después el propio Güler acompañó en una correría a Diomande, el mejor del Madrid, ocurrente y trabajador, y metió un zurdazo brutal desde fuera del área que adelantó a su equipo. El gol caía por el lado de la mantequilla.

El 1-0 acobardó al Sevilla y desató a Mbappé, autor de un gol para coleccionistas inmediatamente después. Diomande combinó con Bellingham, que de tacón abrió paso al francés. El resto fue magia blanca, control con giro de 360º para mirar de frente a Odysseas, quiebro y pase a la red. Recorrerá las televisiones del mundo. El Sevilla reclamó una falta previa de Konaté a Ure, sin rival hasta las barbas de Courtois aunque a más de 60 metros de meta. También hubo apagón de cámaras. Antes del descanso el Sevilla pudo ganarse una esperanza. Se la quitó el meta belga, al sacar un remate raso de Agoumé estirando sus dos metros sobre la hierba hasta cerrar su palo derecho.
El penalti, Courtois y Diomande
El resultado le quitó las costuras al partido definitivamente, terreno apropiado para los artistas. Luis García metió a uno, Ejuke, que estropeó su primera incursión con un remate alto. El segundo, de volea, lo sacó Valverde cuando Courtois se temía lo peor. Y en la misma banda, Diomande amargaba la tarde a Iglesias. El marfileño mostró una extraordinaria facilidad para superar cualquier barrera: otra cosa es su precisión en el pase o en el remate. Ahí todavía se aprecia que es futbolista en formación. Sin embargo, de un envío suyo en profundidad llegó el penalti del 3-0. Mbappé le ganó la espalda a Castrín y este le tocó por detrás para mandarle al piso. El francés transformó la pena máxima a lo Panenka.
A partir de ahí Mourinho comenzó a jugar el duelo de Champions ante el Leipzig y el Clásico. Poco a poco fue retirando piezas que necesitará durante la semana (Endrick, Bellingham, Arda Güler, Mbappé…), mientras el Sevilla procuraba dignificar su paso por el Bernabéu sin dejarse ir. Manu Bueno hizo el gol que retrataba mejor lo que fue el partido, y también recibieron premio Diomande, que cerró su gran partido con un gol estupendo (estuvo en los cuatro del equipo) desde fuera del área, y Militao, que volvió a jugar seis meses después.
